Festival de Sagunto 2006: EL MÁGICO PRODIGIOSO

Crítica: Vicente Adelantado Soriano

Tras una larga temporada de sequía, anoche, por fin, pudimos asistir de nuevo al teatro romano de Sagunto. Se representó El mágico prodigioso, de don Pedro Calderón de la Barca.
El mágico... cuenta, en tres Jornadas, la historia de las dudas teológicas, y los amores, de un tal Cipriano, quien un día de fiesta, en Antioquía, decide retirarse a unos apartados montes para solucionar un problema teológico. Allí, enfrascado en sus libros, se le aparece el Demonio con la clara determinación de impedir que llegue a ningún fin. Poco después aparecen dos mancebos que riñen por una moza. Cipriano, dejando los libros, pone paz entre ellos prometiendo hablar con la mujer en cuestión, Justina, hija de un cristiano llegado a Antioquía para hacer proselitismo, y siendo perseguido por ello. Al ver Cipriano a Justina queda prendado de ella. Pero el Demonio, que no para, una noche baja de su balcón ante la mirada atenta de los dos amantes, que riñen de nuevo, y son encarcelados.
Cipriano quiere conseguir a Justina. Para lo cual vende su alma al Demonio. Éste se la acepta. Y sólo la conversión al cristianismo, y el amor de Justina, lo salvarán de su perdición eterna. En una larga discusión con el Demonio, además, resuelve sus dudas teológicas del principio.
Este es el tema de El mágico prodigioso contado de forma breve y sucinta.
Calderón de la Barca (1600-1681) estuvo muy atento a todas las novedades escénicas de su momento. En 1622 Julio César Fontana construye un teatro portátil, en Madrid, con novedades técnicas, la más importante de las cuales es que puede ser utilizado de noche gracias a la iluminación. Los avances técnicos escenográficos vienen de la mano del italiano Lotti, que llega a España en 1626. Es ingeniero, arquitecto y organizador de fiestas. También se introduce el telón de boca y las nociones de perspectiva. Aunque lo más importante son las mutaciones. Con todo ello, Calderón de la Barca va a hacer un teatro alejado, cada vez más, del teatro de los corrales.
De hecho no se concibe El mágico prodigioso sin esas mutaciones, pues cuando Cipriano pida pruebas de obtener a Justina a cambio de su alma

Lo que ofrecí está en mi mano,
pero lo que tú me ofreces
no está en la tuya, pues hallo
que sobre el libre albedrío
ni hay conjuros ni hay encantos

el Demonio mueve las montañas, ante sus atónitos ojos, y hace aparecer ante Cipriano a la propia Justina. Es un teatro de espectáculo, pues, pero con una fuerte carga teológica al mismo tiempo que un canto y alabanza del cristianismo.
No es una obra fácil. Está, además, escrita en verso. Pero el teatro de Calderón no es un teatro de verso, como el de Lope, sino un teatro poético. Y la teología, metida en poesía, se hace más hermética si cabe.
Por todo ello anoche asistimos intrigados a la representación que tuvo lugar en el teatro romano de Sagunto, teniendo ya la compañía y su director, Juan Carlos Pérez de la Fuente, toda nuestra simpatía. No es poco atreverse, en los tiempos que corren, a montar a Calderón, y no una de las obras más fáciles precisamente.
Las mutaciones, dados los adelantos de hoy en día, no se resolvieron mal del todo. Aunque molestó, para la comprensión de la obra, una casa, con columnas, en el centro del escenario, que igual hace de palacio, de casa de Justina que de Cipriano. Eso obligó a dejar en la periferia las escenas que se desarrollan en el monte, con el Diablo, que son las más importantes de la obra, y donde se resuelven las dudad teológicas planteadas, al principio, por Cipriano. No hubiera estado de más un cambio de escenario para potenciar la comprensión de la obra. No es difícil hacerlo hoy en día.
En cuanto a las actuaciones muy bien estuvieron Leandro Rivera y Manuel Aguilar en sus papeles de graciosos, Moscón y Clarín. También cabe destacar la actuación de Beatriz Argüello en su papel del Demonio. Y no tan bien estuvo Cristina Pons en el papel de Justina, papel difícil y complicado. Y a todos, salvo felices momentos, les falló la voz: no es lo mismo hacer este teatro en un teatro cerrado, italiano, que en un teatro al aire libre. La dicción cambia radicalmente. Y esos cambios de voz, para matizar el pensamiento, hacía que se perdieran las palabras. Y estábamos en la tercera fila. Los actores, además, tenían la manía de salir de escena, recorrer la orquestra del teatro romano, y hablar desde allí, pero de espaldas al público. Se perdían los bellos y cargados versos de Calderón.
No sé si valdría la pena recordar, esto es consecuencia del olvido de los estudios clásicos, que el teatro griego y romano se hacía con máscaras. Y que una de las funciones de la máscara era proyectar la voz. No vamos a hablar ahora de la discutida etimología de persona, derivada de máscara, de per sonare, etc. etc. Pero cuando no se tienen máscaras, y la palabra es importante, muy importante, en el teatro, hay otra cosa que se llama micrófonos. Y se podían haber utilizado perfectamente. ¿O es que Calderón le hizo ascos a las innovaciones técnicas de su tiempo? Eran más importantes los razonamientos que los truenos, que eso sí, se oyeron muy bien, de maravilla.
Pese a todo, fue una apuesta fuerte y decidida, por lo cual no sabe sino felicitar a todos cuantos han participado en ella. Y, pese a todo lo dicho, felicitamos desde aquí a director y actores por, como mínimo, y es mucho, darnos a conocer en escena una obra de Calderón de la Barca, que no fue fácil, y no quedó mal del todo, aunque sea muy mejorable.
Valencia, 13 de agosto de 2006

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