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VIAJE DEL PARNASO

por Vicente Adelantado Soriano

Raro, difícil y exótico resulta ver por estos pagos una obra clásica, más, mucho más, si se trata de una de don Miguel de Cervantes. Hace un par de años comenzó a celebrarse el cuatrocientos aniversario de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. De la primera parte, aunque no se especificó. Pues dentro de diez años, seguro, celebraremos el de la segunda. No por nada, sino porque sospecho que estas celebraciones se deben más a motivos editoriales o crematísticos que a otra cosa, motivos culturales por ejemplo. Siendo conscientes de lo que tenemos, el Quijote debería ser no motivo de celebraciones, cosa que está muy bien, sino libro de lectura continuada cuanto menos a partir de 3º de la ESO. Por qué no es así, ya lo tengo dicho y analizado en otro artículo de este mazacote o rimero de páginas tan honestas, retiradas y virtuosas que apenas si nadie las ha visto. Resultó llamativo que, al hilo de dicha celebración, no se hicieran, al mismo tiempo, representaciones teatrales del propio don Miguel o incluso del famoso entremés, Los romances, que, según Menéndez Pidal, dio origen a la genial novela. No se representaron, pues, ninguna de sus comedias ni entremeses. Y no porque el inefable Lope ocupara teatros, patios, naves y corrales, que no, pues también hace años que duerme el sueño de los justos. No se hizo porque aquí los clásicos sólo existen cuando cumplen años, o cuando a alguien se le ocurre decir que no son muy adecuados para las aulas y se monta una pequeña y breve polémica. Quizás porque quien afirma tal cosa ni los ha leído ni los entiende, y no vale la pena discutir.
No pretendo decir con esto que Viaje del Parnaso, versión de Ignacio García May, dirigida por Eduardo Velasco, haya llegado tarde, ni mucho menos. Ha llegado cuando ha llegado, y muy bien venido sea. Pues nada hay que decir de la obra que no sean elogios y parabienes. Comenzado por una música en directo, nunca estridente, que subraya la acción o las palabras de los actores, del Teatro de la Compañía Nacional, quienes dicen los versos con toda llaneza y naturalidad. Una actuación excelente por parte de todos, Israel Elejalde, José Luis Alcobendas, José Luis Torrijo... con un hábil manejo, por otra parte, de los muñecos. Idea excelente, la de los muñecos y títeres, que permite infinidad de juegos escénicos. Sirva de ejemplo el que los llueva Apolo desde una nube. Momento que aprovecha don Miguel, como hace con la destrucción de la biblioteca de don Quijote, para pasar revista a la poesía de la época e ir colocando a sus autores en la galera que irá al Parnaso, o arrojándolos al foso de los músicos.
Cabe destacar también la bonita canción que entonan los actores, consiguiendo una bella conjunción de voces. Un excelente grupo de actores acompañados por unos excelentes músicos. Y una bien acompasada música. Oírlos fue una delicia.
Cervantes, en este largo poema adaptado para la escena, vuelve a reclamar el puesto que le corresponde como poeta y como dramaturgo. Tuvo la desgracia, en vida, de tropezarse con Lope, cuya fórmula iba a llenar los corrales durante cien años cerrando toda posibilidad a otras dramaturgias. Y en la muerte con la desidia de un país que apenas si conoce a sus autores ni demuestra interés por ellos.
Representado en escena don Miguel por un muñeco de madera, no cabe más ternura a la hora de cogerlo los actores, transportarlo por el escenario e incluso hablar como podemos suponer hablaba el famoso novelista. No faltan en la obra momentos emotivos, de ironía y de crítica a los poetas aduladores que triunfan más por quien los protege que por ellos mismos y su poesía. Momentos llenos de amargura también cuando Cervantes tuvo que ver el éxito de muchos que sabía muy inferiores a él. Y su deseo, su gran y ferviente deseo, de ser un buen o gran poeta. Momento estos que acercan El viaje... a otra gran obra de don Miguel, El licenciado Vidriera:
"¿Qué diré del ladrar que hacen los cachorros y modernos a los mastinazos antiguos y graves? ¿Y qué de los que murmuran de algunos ilustres y excelentes sujetos donde resplandece la verdadera luz de la poesía que, tomándola por alivio y entretenimiento de sus muchas y graves ocupaciones, muestran la divinidad de sus ingenios y la alteza de sus conceptos, a despecho y pesar del circunspecto ignorante que juzga de lo que no sabe y aborrece lo que no entiende, y del que quiere que se estime y tenga en precio la necedad del que sienta debajo de doseles y la ignorancia que se arrima a los sitiales?
La respuesta a la pregunta la da el mismo Licenciado poco antes: los malos poetas son la idiotez y la arrogancia del mundo. Y son dignos, desde luego, como sucede en la obra, en uno de los momentos más lúdicos, de ser hundidos en el fondo del océano por el propio Neptuno.
La buena poesía, por el contrario, es esa mujer bella, una ingeniosa proyección, casi inalcanzable, una sombra que se desvanece cuando se toca. Algo a lo que llegan muy pocos, tal vez los que cumplen con los preceptos del arte, pero tienen algo más, el no sé qué que queda balbuciendo y que distingue al versificador del poeta. Título que persiguió don Miguel de Cervantes, y que le es otorgado al finalizar la obra, pues cuando dormita sobre un montón de libros y un morrión, es coronado como tal. Eso tras una ingeniosa lucha en la que las armas son malos versos contra peores libros.
Todos los problemas técnicos de la obra, muñecos, iluminación, movimientos, etc., están muy bien resueltos. Hay un excelente plantel de actores, una excelente dirección y unos no menos excelsos músicos. Es una obra muy recomendable, donde no faltan las referencias a su genial novela y a Lepanto, una obra a la que los padres deberían asistir acompañados de sus hijos: disfrutarían todos; y tal vez, así, la gente joven se aficionaría al teatro, y tal vez descubriera a sus clásicos, hombres de raro y peregrino ingenio, que nos pueden ser muy útiles en estos y otros tiempos. Vale.

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