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EL AMOR DEL RUISEÑOR

por Vicente Adelantado Soriano

Resulta peregrino y descorazonador, y no nos cansaremos de repetirlo, por desgracia, que en un país con una tradición teatral tan extensa, rica y variada como el nuestro, se tenga que recurrir a dramaturgos extranjeros para montar obras de teatro que, cuando menos, no aportan nada. Si esos dramaturgos fueran de calidad nada habría que objetar, desde luego. Pero montar obras tan flojas, tan sin sentido y con unos trucos y guiños tan pobres como la de Timberlake Wertenbaker cuando no se ha visto aquí a Guillem de Castro, por ejemplo, no deja de llamar la atención. No hace mucho, en un festival de Sagunto a escena, se montó Titus Andronicus, de Shakespeare, sobre el mismo tema que ocupa la obra de Wertenbaker. Pero Shakespeare, por supuesto, dibuja las pasiones humanas con toda y en toda su crudeza, sin más justificación que la fuerza que conllevan, y que arrasa con todo. Y con un lenguaje tan fuerte como vigoroso.
Wertenbaker reconoce explícitamente que no tiene alientos para tanto, y recurre al viejo teatro clásico griego a fin de dar algo de profundidad a sus personajes. De esta forma, a través de la visión de Fedra, de su amor por Hipólito, y de su crimen, queda más que justificado Tereo, quien por haber asistido a esa obra en Atenas ya puede violar a Filomela y cortarle la lengua. En la obra de Wertenbaker se nos ahorra el corte de manos, sin duda porque da por sabido que Filomela no sabía escribir, o porque no tiene en cuenta que la violación de Filomela por Tereo es, además, un incesto, cuya marca es las manos cortadas. Amputación que pasará hasta la Edad Media: basta para recordarlo con leer la novela de Philippe de Rémi, La doncella manca.
No sabemos si el que Tereo tarde tanto en violar a Filomela se debe a las cavilaciones de este, de tipo moral, que no aparecen en la obra, a que se quiere rendir también un equívoco homenaje a Tristán e Iseo, con la escena de la calma chicha, el error de Briseida, y el beber los amantes el filtro amoroso, o a qué. Pero los soldados, en el barco, se quejan de la larga demora, éste permanece en alta mar con las velas recogidas, de lo que se lamenta Filomela, se duelen los marinos, y se aburre el espectador. Al final, sin que en la larga espera se haya producido un intento de aproximación, de seducción, ni de nada, Tereo, muy castamente, viola a su cuñada igual que la podía haber violado el primer día. Sin grandeza épica ni pasión. Muy lejos de Shakespeare y de la más mínima fuerza o justificación como no sea evocar a la Fedra vista en un teatro de Atenas. Menos mal que no vio Edipo o Antígona. A lo mejor lo ha hecho así Wertenbaker porque el pobre Tereo, cuando el otro se puso a escribir, ya no tenía madre con quien casarse. Es absurdo, desde luego, justificar la actuación de un personaje por una obra a la que ha asistido este. Y es absurdo evocar varias tragedias sin que su evocación sirvan absolutamente para nada como no sea para saber, el espectador, que el autor, cuando menos, las conoce de puro culto que es. En nada, desde luego, ayudan al desarrollo de la obra el que Tereo, como Agamenón, se meta en una bañera, lo que da pie, eso sí, a que un actor se desnude en escena, gratuito; a que dos soldados, en una larga espera, orinen contra una pared, más gratuito todavía; y que aparezcan las bacantes para justificar el asesinato del hijo del violador. A Baco ni lo nombra. Menos los problemas que tuvo para imponer su culto en Grecia.
Total que el mito de Ovidio, tan bien aprovechado por Shakespeare, tan poético, queda aquí reducido a una conseja de vieja sin ton ni son. Eso sí, se preguntan las actrices, de cara el público, por qué hay guerras y por qué violan a niñas. Truco tan gastado como absurdo. A ello cabe añadir una desgraciada actuación de Juli Cantó en el papel de Tereo. Este actor tiene una voz preciosa, pero no sabe qué hacer ni con su cuerpo ni con la mano que no sujeta la espada. El resto de los actores, sobre todo Inés Díaz, en el papel de Filomela, y Empar Canet en el de Procne, están muy bien.
La iluminación, aparte de molestar al espectador, pues el escenario es un gran módulo de espejos, que, como ustedes saben, refleja la luz, no está mal en las escenas de iluminación tenue. Cuando encienden los focos laterales hay que esperar a tener suerte, y a que Niobe se sitúe frente a ellos a fin de poder ver a la actriz a contraluz.
El vestuario, con esos pantalones sin culera que permiten contemplar los blancos calzoncillos de los sufridos soldados, está en consonancia con los viejos y manidos trucos, y guiños, que nada tienen que ver con el auténtico teatro.
En fin es una pena que tengamos que sufrir y padecer estas obras en esta larga sequía teatral que estamos padeciendo. Y triste que nadie recuerde que existe Guillem de Castro, por ejemplo. Quizás con un poco menos de gasto podían haber montado Allá van leyes do quieren reyes. Obra desde luego de mucha más enjundia que este pobre ruiseñor que ni canta ni trina. Y cuando habla lo hace con más pena que gloria.

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