¿Por qué Mallorca y no Sicilia?

ANTONIO ALEMANY DEZCALLAR www.elmundo-eldia.com 7/03/2007

Visitar Sicilia era una de mis asignaturas pendientes que acabo de aprobar. Fascinante y extraña isla, en realidad un pequeño continente habida cuenta las habituales dimensiones insulares mediterráneas. Es un tópico advertir que nos recuerda a Mallorca, pero, en realidad, nos parecemos muy poco, entre otras razones porque el desmesurado patrimonio arqueológico, arquitectónico y artístico está a años luz del nuestro. Pero no sólo por eso.

De entrada, Sicilia, como toda Italia, es un caos que, como todos los caos, se basa en un orden subyacente que rige con inteligencia lo caótico. Forma parte del encanto italiano. Apenas hay semáforos en una ciudad de un millón de habitantes como Palermo o en Catania, con sus cuatrocientos mil moradores. Todos los coches se saltan los semáforos en rojo, pugnan con los peatones en los pasos cebra, sin excepción están mal aparcados y, junto a los vehículos mal aparcados, se alinean en doble fila otros tantos, con lo cual el mal estacionamiento es absoluto. Los guardias urbanos no ponen multas y en las comisarías, que tienen el magnífico nombre romano de Quaesturas, el policía de la recepción fuma bajo un cartel de «vietato fumare».

Las chicas jóvenes son culonas, pechugonas, bajitas, anchas y, con frecuencia, bigotudas. La sociedad de Donafugata y el Gatopardo no existe o, al menos, no aparece por las calles. No he visto nada que se parezca a la Loren, a la Mangano o a la Cardinale. Los restaurantes están a mitad de precio de los de Palma. En los preciosos pueblos sicilianos -siempre en las cumbres de las elevaciones- se han cometido desastres al estilo de las casas con aluminio, uralita y demás fealdades que, por ejemplo, nos escandalizan cuando las vemos en Selva.

Hay más Grecia en la Magna Grecia -la de Empédocles, Pitágoras, Platón y sus experiencias totalitarias- que en Grecia. Mientras Esquilo estrenaba sus obras en el Anfiteatro de Siracusa y se levantaban los impresionantes templos del valle de Agrigento, nosotros vestíamos con pieles, olíamos mal, levantábamos talaiots y nuestra aportación al mundo mediterráneo eran los honderos y sus piedras.

Hay un exceso de belleza y de arte y el síndrome de Sthendal es, en Sicilia, como el Italia, una realidad. El Etna nevado, omnipresente. El Anfiteatro de Taormina con el telón de fondo del mar. O el «partenón» de Agrigento recortándose entre la luz y el mar: carne de gallina. Demasiado. Bellini y su Norma e I Puritani. Pirandello, Lampedusa y Sciacia, todos sicilianos. En las escalinatas de la soberbia Opera de Palermo se filmó la matanza final de El Padrino 3.

En Palma presumimos de nuestro casco antiguo y de las cuarenta. ochenta o cien «cases» que los cursis llaman «palacios» y los requetecursis inmobiliarios «palacetes»: en Sicilia son miles los palacios de verdad que afloran por doquier, en la ciudad y en los pueblos. Todos decadentes y decaídos. Iglesias espléndidas surgen como champiñones: románicas, góticas, bizantinas y barrocas. ¿De dónde sacaban tanto dinero los sicilianos en particular y los italianos en general para crear este extraordinario patrimonio artístico?

Sicilia tiene mil veces más atractivos que nosotros para ser un destino turístico riquísimo. Los tiene culturales, arqueológicos, arquitectónicos e históricos. Su paisaje es equiparable al nuestro con sierras y montañas de verdad que sobrepasas los tres mil metros. ¿Por que, teniéndolo todo, Sicilia está a 20, 30 o 40 años de retraso en relación con Mallorca? ¿Por qué nosotros somos un emporio turístico y Sicilia no? Ni una cadena hotelera multinacional -Hilton, Hyat o Sol Meliá- y los hoteles de 5 estrellas serían, aquí, de 3.

Desde el siglo XIII, Sicilia se incorpora a la Corona de Aragón y, más adelante, a la de España. Carlos III y Fernando VI fueron, antes de ocupar el trono español, reyes de las Dos Sicilias. Han sido más siglos españoles que italianos y buena parte de su riqueza arquitectural procede de los siglos hispánicos de la Isla. Está, estratégicamente, mejor situada que las Baleares en la encrucijada del Mediterráneo como lo avalan las sucesivas colonizaciones fenicias, griegas, romanas y árabes, las intervenciones españolas, normandas, francesas o germánicas.

Sin embargo, nosotros hemos medrado y ellos, no. ¿Por qué? ¿Cuál es la causa de que teniendo, con ventaja indiscutible, todos los atributos para transformarse en una economía de servicios y turística de primer orden, rica y próspera, permanezca instalada en el atraso? Hay, seguramente, un componente étnico-cultural que tal vez explique este retraso permanente, pero esto no basta: lo que no han sido capaces de hacer los sicilianos lo podrían haber hecho empresarios e inversores de fuera que hubieran catalizado probablemente las energías de los isleños. ¿Por qué no se ha producido esta inmersión de Sicilia en la globalización que no conoce fronteras de ninguna clase?

Para mi está claro: en Sicilia no existe seguridad jurídica, ni un Estado que garantice el imperio de la ley, el cumplimiento de los contratos y todas las condiciones que Adam Smith exige para que una economía liberal funcione. Cuando la ley está sometida a la arbitrariedad y no impera -es una lección siciliana que deberíamos tener siempre presente habida cuentas las querencias arbitrarias de políticos, partidos e instituciones baleares- no hay riqueza posible. La Cosa Nostra es un «estado paralelo» con sus normas y con su propia fiscalidad, basada en la extorsión del impuesto de protección que, en el País Vasco, llamamos «revolucionario». Dicho con otras palabras: el poder no está residenciado en el Estado sino en una organización tentacular que capilarmente se difunde por toda la sociedad: es imposible que, sin Estado, un país prospere.

Cuando se dicen tonterías como que aquí los sicilianos vienen a clase de repaso no están estableciendo las coincidencias que puedan apreciarse entre las dos Islas. Nuestra querencia siciliana está en una izquierda o en unos ecologistas que se ponen por montera la legalidad y prescinden de los derechos lesionados y de los perjuicios causados. En una Munar que exige que hay que ir a «ciertos despachos» para conseguir algo del Consell. En concursos adjudicados de antemano. En el spoil system. Esto es Sicilia en Mallorca.

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