300: otra manera de visitar una exposición

Mercedes Menéndez González www.elcomerciodigital.com 20/04/2007

He visto la película-cómic '300' al poco de su estreno y todavía hay imágenes que me vienen a la cabeza como si sus ecos pudieran mostrarme momentos entrevistos, quizás imaginados. La película de Zack Snyder ('El Amanecer de los Muertos') lleva el clásico de Frank Miller ('SIN CITY', 'Daredevil', 'Ronin') al cine y lo hace de una manera preciosista, impactante, aunque, desde presupuestos ideológicos, inquietante.

'300' cuenta la historia (casi leyenda: ese es el tono elegido) de los 300 espartanos que, a la espera de que las ciudades griegas opongan resistencia superando divisiones y organizándose, cierran el paso de las Termópilas a más de 200.000 soldados persas comandados por el Rey Dios Jerjes. Recoge la visión de los (interesados) cronicones griegos como Heródoto (de la que bebe Miller) o Simónides, ensalzando la libertad (representada por la sociedad espartana que, paradójicamente, basaba su prosperidad en el cultivo de esclavos e imponían a sus propios ciudadanos unos rigidísimos modelos de conducta) en oposición a la tiranía (representada por ese Jerjes hipertrofiado, andrógino y lascivo mostrado en la película y sus ejércitos de Inmortales enmascarados y humillados).

Pero '300' tiene una brillantísima puesta en escena que, esa sí, nos interesa compartir. A pesar de las equívocas (cuando no tendenciosas) lecturas que pueda hacer sobre la actualidad, es una propuesta plásticamente fascinante.

Es más, invitaría a muchos habituales de las salas de arte al uso que cambiasen su destino entrando en el cine para ver, con ojos de visitante de muestra pictórica, el festival sensorial que Snyder propone. A la fuerza del cómic se suman las posibilidades del diseño por ordenador: rodada íntegramente con actores reales sobre pantalla azul, cada plano es tratado después por diversas técnicas, algunas ideadas 'ad hoc', como el 'crush' (empleada para obtener los característicos claroscuros), o los programas de computación, por ejemplo, destinados a crear la sangre bidimensional, resultando de ello unas espléndidas imágenes de enorme fuerza visual que, debidamente pasadas por el filtro de la estética, consiguen estilizar hasta la violencia más explícita.

Cada fotograma se cuenta por un cuadro: unos con las monstruosidades de Giger, alguno con la sensualidad de Klimt, muchos con el delirio de un Bosco redivivo, y casi siempre con iconografías que beben de la mística judeocristiana (ese Leónidas final reconvertido en un San Sebastián propio de Jarman)... En fin, un auténtico espectáculo visual, siempre que podamos alejarnos de su simplista discurso y nos acerquemos a su formidable aparataje plástico.