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Omeyas en el reino de Zenobia

Antonio Castillejo | Siria www.elmundo.es junio 2007

Palmira, la joya del desierto, Damasco, eterna y misteriosa, y Alepo, vibrante corazón de Siria, forman la ruta más fascinante por una tierra cuya historia se escribe con nombre de mujer.

Por lejos que retrocedas en el pasado, Damasco siempre está allí…», escribió Mark Twain a finales del siglo XIX, refiriéndose al hecho de que la capital siria es la ciudad habitada más antigua del mundo. Algo que bien puede hacerse extensivo al resto de Siria, un país que se ofrece inacabable ante el viajero que al descubrirlo se convierte en insaciable degustador de sus maravillas, sus misterios y sus historias.

Historias como la de Zenobia, la reina de la fascinante ciudad de Palmira —‘la ciudad de las palmeras’—, parada obligatoria de las caravanas que hacían la ruta por el mar Mediterráneo, Mesopotamia y Arabia, y también, una de las más antiguas conexiones del legendario camino que unía China y la India con Europa, la mítica Ruta de la Seda.

HISTORIA DE UN PAÍS

En su expansión hacia Oriente, Roma llega en el siglo I a Palmira y la declara «ciudad libre», permitiéndole fijar sus propios impuestos, lo que propició un enriquecimiento que la convirtió en un auténtico vergel de lujo y refinamiento. Pero en el siglo III, el emperador Caracala, hijo de madre siria, la declara colonia del Imperio y, paradójicamente, el momento de mayor esplendor de la ciudad del desierto coincidió con el inicio de su inexorable decadencia.

Tras el asesinato del señor de la ciudad, Odenato, en el año 267, llegó al trono su segunda esposa, la tan bella como inteligente, Zenobia. Pero Roma, temerosa del carisma de la reina y sospechando que pudo haber sido cómplice en la muerte del anterior monarca, se negó a reconocerla como tal. La reina Zenobia se enfrentó entonces a las tropas romanas y consiguió derrotarlas. Envalentonada, puso bajo su control Siria, Palestina y buena parte de Egipto, antes de independizarse de Roma. Una mujer se enfrentaba a un imperio.

Una osadía que el imperio no estaba dispuesto a permitir. Hacia Palmira avanzaron las todopoderosas legiones romanas y sitiaron la ciudad. Propusieron la rendición, pero Zenobia se negó aceptarla y huyó en camello para buscar la ayuda de Persia. Una ayuda que la reina no conseguiría porque fue detenida en el Eufrates y enviada a Roma como botín de guerra. Allí se la exhibió por las calles de la capital del mundo atada con cadenas, eso sí, de oro puro, hasta que, la que aseguraba ser descendiente directa de la gran Cleopatra, murió —según algunos asesinada en prisión, y, según otros, por negarse a comer antes de consentir verse prisionera—. Sea como fuere, la ciudad que legó a la posteridad Zenobia resulta, aún hoy, absolutamente espectacular.

PALMIRA

En mitad del desierto las ruinas de Palmira se alzan majestuosas como testimonio en piedra de su pasado de esplendor. Allí encontrará el viajero el impresionante legado de la historia, el templo de Bell, deidad protectora de Palmira, una excepcional muestra de arquitectura sacra. Frente al gran templo aparece el famoso arco de entrada a la majestuosa columnata de la ciudad, un recorrido de poco más de un kilómetro salpicado de templos, termas, ágoras, anfiteatros y el incomparable Tetrapy-lon, sin duda alguna la foto más clásica de Palmira. Una plataforma cuadrada con cuatro columnas en cada esquina unidas por una cornisa para marcar el cruce de caminos en mitad de la joya del desierto. No lejos de allí, el templo de Baal Shaim, dedicado al dios de las tormentas, el campamento de Diocleciano, levantado sobre lo que un día fue el palacio de la propia Zenobia, y el Valle de las Tumbas, cámaras funerarias de varias plantas con joyas arqui-tectónicas como la torre de Elahbel o el hipogeo de Los Tres Hermanos.

Siglos después de que la indómita Zenobia se enfrentase a la todopoderosa Roma, los Omeyas se hicieron con el poder en Siria. Con el advenimiento del Islám, el país se convirtió en ineludible paso en la ruta de peregrinación hacia La Meca y eje de un Imperio que en el siglo VIII iba desde España hasta Persia y la India. Fue el gobernador de Damasco, Muawiya, quien se proclamó Califa, quinto sucesor de Mahoma, y fundó la dinastía de los Omeyas. Unos Omeyas que legaron al mundo su sabiduría y su refinamiento y dejaron como prueba de su sensibilidad y poderío la Gran Mezquita de Damasco.

DAMASCO

Protegida por la muralla de la Ciudadela Vieja y arropada por las fascinantes callejas del imprescindible zoco al-Hamidiyya, la mezquita es, sin lugar a dudas, una de las más impresionantes construcciones de todo el mundo islámico.

Se puede llegar hasta ella por su lado Sur, a través del bazar atiborrado de puestos de especias, perfumes y tejidos; pero quizás para el viajero sea mejor tomarse su tiempo y hacerlo deambulando sin prisas por el cubierto bulevar de estilo parisino y decimonónico que alberga buena parte del gran mercado damasquino, en el que los comercios se suceden sin fin bajo la gigantesca bóveda de hierro.

Cuando el zoco pierde su techo protector y vuelve a salir al aire libre, el viajero no tiene más remedio que detenerse para admirar la belleza de los restos de la puerta del templo romano de Júpiter enfrentados a los muros exteriores de la Gran Mezquita de los Omeyas. Una vez dentro, uno se queda sobrecogido, consciente de encontrarse en una de las obras más hermosas creadas por la mano del hombre a lo largo de toda su historia.

Al pisar el gigantesco patio porticado de mármol blanco sólo cabe disfrutar con los increíbles mosaicos verdes y dorados, de casi cuarenta metros de longitud, que decoran el gran oratorio. En el centro de aquel gran espejo de mármol se levanta, endoselada, la fuente de las abluciones y frente a ella la octogonal cúpula del Tesoro, enfrentada a la cúpula de los Relojes, donde antiguamente se guardaban estas maquinarias en el templo.

El conjunto, que cuenta con tres alminares, alberga también una cúpula verde bajo la que se guarda el sepulcro de San Juan Bautista, o al menos eso mantienen los damasquinos que, para justificarlo, invocan el hecho de que en el siglo VIII se descubrió allí un sepulcro conteniendo la cabeza del santo con su piel y cabellos, que hoy se custodian en la tumba, incorruptos. Pero no es éste el único sepulcro de la Gran Mezquita porque también guarda el de Hussein, piedra angular del chiísmo, hijo de Alí y nieto de Mahoma, lo que convierte al templo en uno de los más sagrados de todo el mundo islámico.

ALEPO

No menos importante es la gran mezquita omeya en Alepo, la segunda ciudad de Siria, su corazón comercial. También conocida como Al Jamaa al Kebir, la mezquita fue erigida a principios del siglo VIII por el califa Al Salid, el mismo que fundo la gran mezquita de Damasco. En la de Alepo, el elegante alminar independiente de casi 50 metros de altura se mantiene milagrosamente en pie, aunque con una ostensible curvatura, a pesar del terremoto que obligó a la reconstrucción de parte del templo al que se accede por su patio, decorado como un damero de mármol blanco y negro. Dentro del oratorio se encuentra un espectacular minbar, el púlpito para dirigir la oración, del siglo XV y frente a la entrada del templo la madraza Halawiyya, levantada en el siglo XIII sobre lo que seiscientos años antes fue la catedral de Santa Elena.

Las calles que rodean la gran mezquita son fascinantes. Allí se establecen los vendedores de oro y plata, y también los de alfombras, muy cerca de los dos caravansar del siglo XVI que aún se conservan y que merece la pena visitar. Desde allí se antoja imprescindible caminar por los laberínticos callejones del zoco del cobre, hasta encontrar la impresionante ciudadela, orgullo no sólo de la ciudad, sino de todo el país.

Levantada sobre una colina en el centro de Alepo, es necesario cruzar un majestuoso puente de ocho arcos sobre su foso para acceder a un interior en el que perderse durante horas por unas dependencias que se empezaron a construir en el siglo IV y se reformaron posteriormente en el XII bajo el dominio mameluco.

Pocas experiencias puede tener el viajero por Siria tan emotivas como sentarse un viernes en la más alta torre de la ciudadela para escuchar desde allí el incomparable concierto de voces que forman las llamadas a la oración de los muecines de todas las mezquitas de la ciudad.

Pero ninguna vista a Alepo podrá estar completa sin haber hecho antes dos paradas obligatorias: una en el Museo Nacional, viejo, destartalado y en plena renovación, pero repleto de tesoros que atestiguan la grandeza secular de la cultura siria. Y otra, en el mítico Hotel Baron, construido en la época en la que era impensable viajar sin montañas de baúles. Fue en su momento uno de los mejores establecimientos de todo Oriente Medio y su privilegiado enclave como enlace en la ruta del Orient Express hizo que fuese frecuentado por gente como Charles Lindbergh, Agatha Christie, T.E. Lawrence, Theodore Roosevelt o Charles de Gaulle que, cuentan, se marchó sin pagar la cuenta.

Nada más entrar al Hotel Baron, a la izquierda se encuentra el bar del hotel. Pequeño, decadente, encantador, el lugar ideal para tomar una copa y brindar celebrando la suerte de estar en uno de los países más fascinantes dela tierra.

GUÍA

CÓMO LLEGAR
Las Líneas Aéreas Sirias (Tfno: 91 547 99 39) tienen vuelos regulares y directos entre Madrid y Damasco (Siria), pero hay otras muchas compañías que cubren este trayecto, como Air France (Tfno: 901 112 266), vía París.

DÓNDE DORMIR
En Damasco algunos de los más recomendables son Cham Palace (Tfno: 223 2300. www.chamhotels.com), Omayad y el Semiramis Hotel (Tfno: 223 3555. www.semiramis-hotel.com). En Alepo, Beit Wakil (Tfno: 221 7169).

En Palmira las opciones van del lujoso Palmyra Cham (Tfno.:912 230) al económico Citadle (Tfno.: 910 537)

DÓNDE COMER
Algunas buenas opciones para disfrutar de la mejor y más tradicional gastronomía siria son, en Damasco, Abu al Azz (Tfno: 221 8174) o Al Khawail (Sharia Bab Touma, en la Calle Recta); Beit as Siss (Tfno: 221 9411), en Alepo; y el Tradicional Palmyra (Sharia al Quwatlis/n) en Palmira.

INFORMACIÓN
La embajada de Siria en España está en Madrid (Plza. Platería Martínez 1. Tfno: 91 420 16 02). A través de la página de Internet de la Oficina de Turismo de Siria se puede consultar todas las posibles rutas, hoteles y atractivos del país. www.syriatourism.org

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