La muralla tardorromana de León, o lo que no se debe hacer con el legado antiguo

Óscar Ramos | León 20/10/2007

Siendo León ciudad de fundación y origen romano, enclave de primigenio carácter militar (asentamiento de las legiones VI Victrix y VII Gemina), devenido más tarde núcleo urbano sin solución de continuidad hasta el momento actual, no resulta noticia que restos romanos hayan permanecido como testimonio de pasadas épocas. Resulta sorprendente, sin embargo, la incuria, despreocupación, abandono en que se halla, desde tiempo ya remoto, uno de estos restos, de esos que ahora cualquier periodista al uso estaría tentado de denominar emblemático, término este no por desconocido en su significación originaria (que tiene que ver fundamentalmente con el arte musivario), menos utilizado actualmente.

Hablamos aquí del cinturón de muralla más largo (unos 4 kilómetros) y mejor conservado de España, después del de Ávila y de Lugo. Sorprende, para empezar, el desconocimiento casi total que de la muralla tardorromana leonesa tiene la propia ciudadanía de León: pregúntese al leonés medio por los más significativos monumentos de la ciudad: no se tardará en obtener referencias inevitables, como la catedral, la basílica de San Isidoro, el antiguo convento (y otras empleos menos humanitarios, que algunos aún, según creo, recordarán, hasta llegar al actual de hostal) de San Marcos… Y se terminó.

No es poco, dirá alguien. Pero ¿se terminó? Recuerdo una mañana de hace unos cuatro años: venía yo dispuesto, como es mi costumbre, a sembrar más dudas que conocimientos en mis sufridos alumnos, cuando fui abordado por un hombre ligeramente exaltado, que blandiendo en su mano izquierda una cámara fotográfica y gesticulando debidamente con la derecha, me decía:

–"¿Pero, y esto? ¿Y esta muralla? Pero, ¿qué muralla es ésta? ¡Pero si esto es más valioso que la catedral! (mi turista no debía ser gran apreciador del arte gótico, o del arte en general…). "Pero, ¿cómo no viene esto en ningún sitio?”.

No tuve que esforzarme mucho para decirle que se trataba de los restos de una de las cuatro murallas que llegó a tener en total la antigua Legionem, y que en la forma actual remonta a época de la Roma tardía, con muchos añadidos medievales y remiendos sucesivos.

Me alejaba hacia mi destino docente, mirando de reojo a mi turista, culto y amante de la antigüedad, a lo que se ve, que asaeateba las venerables piedras con despiadadas ráfagas fotográficas, mientras para mis adentros consideraba que quizá muchos leoneses no habían aún hecho su particular descubrimiento, su desembarco particular en la historia de León, esa que ahora afanaba al turista venido de no sé dónde, como los personajes principales de las novelas de William Faulkner.

¿Qué diría mi turista si supiera el trato, el maltrato mejor, que reserva la sociedad leonesa a esa muralla? Y no es justo, por muchos motivos: piénsese, en primer lugar, en el magnífico empleo didáctico y pedagógico que este muro venerable puede rendir. Acostumbro yo a pasear todos los años con mis alumnos a la sombra de sus sillares y cantos rodados, ciñéndonos a su recorrido, que es como ceñirse a la línea primigenia de la ciudad leonesa, cuando era aún incipiente, neonata y aún con reminiscencias castrenses. Es buena ocasión para hablar de sus desaparecidas puertas, de sus calles que aún mantienen y recuerdan la estructura campamentaria, de esas cosas… Pero no sería yo, ciertamente, quien sabría sacar el mejor provecho de la situación: ¿se imaginan ustedes a mis colegas doctos en física mostrando cómo las leyes de Newton, nunca antes atacadas y siempre hasta ahora obedecidas, se ven escandalosa y obscenamente violadas por esas piedras que, ajenas a toda ley, permanecen suspendidas en el aire, huérfanas de toda sujeción, como esos dientes de bocas seniles, esperando un mal mordisco o un golpe de viento, para finalmente someterse y caer sobre el desprevenido viandante?

¿Y qué decir de su composición química, adobada de humos, hollín y residuos urbanos, en tan complejo grado y proporción que no sería capaz de dilucidarla ni el propio Nobel, que tan sólo para eso resucitara?

¿Pues, y su trazado arquitectónico, orlado, invadido, trufado de viviendas, chamizos, casetas, de las que el venerable muro sirve de manso (y barato, por cierto) apoyo?

Seamos justos: la muralla romana fue reconocida como monumento nacional en ya lejana fecha, en 1931. Seamos serios: tan distinguido galardón no semeja sino esas burlas procaces y groseras con las que los que no creen en la virtud tratan de ridiculizar la ajena.

Parece cierto que el tratamiento integral de la muralla exigiría mucha atención y mucho dinero. Hablamos, pues, de palabras mayores. ¡Atención y dinero! ¡Mucho pedir, lo reconozco!

Pero mi corazoncito de amante de la antigüedad romana a veces se enternece, se pone lánguido, y le da por preguntarse (de tarde en tarde, no crean…): “¿Cuántas ciudades en el mundo tienen una muralla romana y ni siquiera saben que la tienen, caramba?”

PD: La esperanza siempre es tenaz, y florece incluso en el yermo: comprobadlo en el siguiente enlace (hay que entrar pinchando, y luego buscar León y Murallas): www.patrimoniocastillayleon.org

ÓSCAR RAMOS es profesor de Latín del IES Juan del Enzina, León, y colaborador habitual del blog www.lingualatina.es

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