SEMBLANZA DE FRANCISCO LÓPEZ POZO, por el propio autor

Francisco López Pozo nació en Baena, provincia de Córdoba, el año 1924. De familia humilde, su padre trabajaba de cartero urbano y su madre se dedicaba, como buena ama de casa, a las tareas propias del hogar y la crianza de los hijos. Las exigencias del trabajo llevaron al padre a ser trasladado al Puerto de Santa María, donde en edad muy temprana empezaron los hijos a frecuentar la escuela pública.

Curiosamente el pequeño Francisco se sintió muy atraído por los dos familias con quienes la suya compartía casa, un respetable pastor protestante, cuya capilla regentaba en la planta baja de la casa, y una señora viuda de exquisita distinción humana. El contacto diario con personas que condescendían a un saludo paternal y afectuoso con el joven convecino que se entrecruzaba con ellos, y por cuyos adelantos en la escuela se interesaban vivamente, tal vez constituyeron las iniciales semillas que habrían de fructificar en el trazado de la senda por donde se iban a abrir, uno tras otro, los estadios de su formación humana.

Fue el Grupo Escolar López Diéguez de Córdoba -destinado su padre a esta ciudad definitivamente- en donde con excelentes profesores alcanzó espléndidos niveles en la práctica del lenguaje escrito y oral y en las materias de las ciencias exactas, humanas y morales. La guerra civil del 36 no detuvo su ferocidad ante las familias más humildes.

Asesinados padres (y también madres) sin distinción por las tropas sublevadas, fueron engrosando los dos orfanatorios, para coger por cientos a tantos desdichados huérfanos, que la contienda fratricida abandonaba a las instituciones públicas. En el de “Puerta Nueva” Francisco prosiguió la enseñanza general básica; pero, a ruegos del Presidente de la Diputación Provincial, don Eduardo Quero Goldoni, que se había interesado desde el principio por el huérfano, los Padres Salesianos le acogieron entre el alumnado de pago. Con ellos se inició en el estudio del latín y del griego.

Enviado al Estudiantado Salesiano de Nª Sª de Consolación (Utrera), fortaleció los cimientos adquiridos de las lenguas latina y griega mediante eficaces métodos pedagógicos -uso hablado del latín en los recreos, conferencias, justas literarias y otras manifestaciones de erudición clásica. Una vez concluido el período académico, impartió la disciplina de Formación e Historia de la Lengua Española en el cercano colegio de Nª Sª del Carmen, como colaborador del sabio profesor de Literatura Española don José Holgado. Pero la necesidad en que vivían su madre y hermanos determinó su voluntaria exclaustración y regresó a Córdoba. El Colegio Cervantes lo incorporó a su profesorado para impartir las materias de Humanidades Latín, Historia y Literatura Española, como así mismo en horas extraescolares otros centros privados de enseñanza. Realmente, sin pretenderlo, había concentrado en sus manos el magisterio de las lenguas grecolatinas tanto en centros públicos de enseñanza, como en “clases particulares” en las familias pudientes y cultas de la ciudad.

Pero lo extraordinario de esta situación residía en el hecho de que Francisco López no poseía más aval que haber cursado los latines bajo las bóvedas áulicas del monacato. Y, cuando por disposiciones del Estado se requirió pasar exámenes para ejercer la enseñanza, cogió la tiza ante una mesa de doctos catedráticos universitarios de Granada y desarrolló sobre la pizarra teorías morfológicas, sintácticas y literarias, sobre ejemplos que espontáneamente y a bote pronto le brotaban, al unísono de las preguntas magistrales que le enviaban desde la mesa presidencial los cinco o seis sabios catedráticos examinadores. De esta manera obtuvo el “placet” profesional, aunque antes, por decisión propia, había alcanzado ya en la Facultad de Filosofía y Letras de Granada sendos “sobresalientes” en las disciplinas que enseñaba, únicos que podían resolverle el problema del urgente e inmediato “panem lucrando” para él y su familia. Lúcido ejemplo, también, de cómo para ser maestro y enseñar en plaza pública, el “regium exequátur” imprescindible no es otro que el “saber” o sabiduría. La antigüedad clásica abunda en maestros nacidos en la intemperie de la calle y no en las Sorbonas, que no existieron, como se sabe, sino hasta siglos mucho más tardíos.

Con este bagaje intelectual y con honradez y constancia, cuando alcanzó la edad de la jubilación, se entregó a la publicación de cuantos conocimientos había acumulado; de manera que, uno tras otro, han ido apareciendo sus libros Las Leyes de Indias, Leyes antisemitas, Principado antiguo de Córdoba, Expediente de Limpieza de Sangre, De hito en hito, Manual ideológico de refranes populares, Florilegio de romances populares, Aventuras póstumas de Lázaro de Tordesillas, Memorias heterodoxas del abad Chrisauguedes de Sinope, Las cosas tal como son y el Diccionario español-griegolatino, único existente en España, obra que Francisco López echó de menos en el aprendizaje de las lenguas grecolatinas y cuya ímproba y prolija elaboración le obligó a una dedicación atenta y absorbente.