Carta abierta a la SEEC

Emilio Canales Muñoz | 24/01/2008

Permítaseme que, desde la posición privilegiada que me otorga tanto mi antigüedad en la SEEC, a la que pertenezco en calidad de socio ordinario desde hace más de veinte años, como mi ausencia de compromiso con cualquiera de las dos candidaturas presentadas, aporte ciertas reflexiones en torno a la coyuntura actual, cuando la convocatoria de un proceso electoral para la renovación de cargos directivos ha elevado el nivel de tensión dentro de la Sociedad hasta extremos insospechados, a lo que se une la polémica en torno a los comentarios sobre las sesiones científicas vertidos por compañeros de Secundaria que asistieron al congreso de Valencia el pasado mes de octubre.

Sólo desde una perspectiva diacrónica pueden analizarse los factores que han llevado a muchos profesores de Secundaria a no sentirse representados por la SEEC, dándose de baja en la misma para integrarse de forma gradual en otras asociaciones profesionales. En primer lugar porque el termino “medias”, sin ir más lejos, confirma que todavía hay quien no se ha percatado de que los que estamos a diario con alumnos de 3ª de ESO a Segundo de Bachillerato hemos padecido desde el COU (curso para cuya coordinación aún no descarto que algún día se nos convoque por parte de las autoridades universitarias competentes) leyes como la LOGSE, LOCE o LOE. Pero lo que, a mi parecer, ha resultado absolutamente nefasto para la credibilidad de la Sociedad de Estudios Clásicos no ha sido el gran boato de las publicaciones y grandes manifestaciones públicas de contactos con políticos y parlamentarios de todo signo, sino la llamada, -permítaseme el término- “intrahistoria”, ese día a día donde se toma el pulso a las personas y a las instituciones.

Corría el año 1988 cuando mi admirado profesor, el catedrático D. Andrés Pociña realizó una brillante defensa de las bondades de la SEEC. En una época como la de estudiante en la que los presupuestos que se manejaban eran realmente ajustados, bastó con dejarnos seducir por sus palabras para que unos cuantos estudiantes de Clásicas no dudáramos en ingresar por la puerta grande de una institución que organizaba congresos tan espectaculares, como el que convocó a cientos (¿me atrevería a decir miles?) de especialistas y estudiosos en la sede de Madrid el año 1987.

Sin embargo, a comienzos de los 90, tras mi ingreso inmediato en la función docente poco tardaron en llegar los problemas: el Segundo de BUP estaba llamado a ser tan sólo un grato recuerdo en la mente de muchos jóvenes profesionales, a los que se nos presentaba un largo futuro pleno de paisajes cenagosos. Alarmado, me dirigí a miembros destacados de la SEEC granadina (no importan ahora los nombres) que, para mi sorpresa y desconcierto, no sentían el más mínimo motivo de preocupación, pues se trataba, desde su punto de vista, del momento de recesión que, según la teoría del péndulo (¿de Foucault?), volvería a relanzarnos pocos años más tarde. “Ha ocurrido en ocasiones anteriores y volverá a pasar, pero no se atreverán a tocarnos más allá de cuatro retoques estéticos” (sic). Ergo, paciencia, paciencia, paciencia... ahora no hay más de una triste decena de alumnos cursando Clásicas y varias universidades están amenazadas con el cierre de la especialidad...

Unos seis años después, la LOGSE era una tremenda realidad que amenazaba a decenas de profesores en Andalucía con el desplazamiento y a las Clásicas con el hundimiento en la profundidad de las cavernas de la educación y desgraciadamente no sentimos el apoyo necesario cuando comenzaron los auténticos problemas. Se fundó la Asociación Andaluza de Latín y Griego (AALG), que en todo momento buscó el apoyo de todas las Asociaciones e instituciones que promovieran en sus estatutos la defensa de la lengua y cultura grecorromanas, y por azar llegó a mis oídos la versión aportada por un relevante dirigente provincial de la SEEC (también de Andalucía Oriental, aunque no granadino) que arengaba a sus asociados a resistir a los recién llegados con uñas y dientes, porque iban a provocar una escisión de incalculables consecuencias. Cuando la AALG (de la que también formo parte, sin que por ello me considere escindido de nada ni nadie) llamó a la unión de todas los anteriormente mencionados sin excepción para reclamar un espacio educativo digno tras la muerte del Latín de Segundo de BUP en el año 1999, por segunda vez me dirigí, acaso ingenuamente, a destacados miembros de la SEEC en la Universidad de Granada, y les animé a acompañarnos en la manifestación que iba a recorrer las calles de Sevilla un tórrido 1 de Julio. ¿Quiénes mejor que los alumnos de Clásicas, junto con sus profesores para reivindicar un futuro más esperanzador para sus estudios? Jamás llegó ese autobús ni se produjo la teatralización de la muerte del latín y griego a manos de los nuevos Bruto y Casio a las puertas del parlamento de Andalucía, simplemente porque el profesor universitario que iba a realizar el papel de Julio César no asistió, excusando su presencia (una vez más, motivos personales). Hago excepción del ilustre doctor Adrados que soportó abnegado tanto el recorrido como los niveles barométricos del verano sevillano.

Llegado este punto debo aclarar que las Asociaciones creadas en la última década no son escisión de nada ni de nadie, puesto que, permítaseme el símil rociero, ni la SEEC es una especie de “hermandad matriz”, ni las demás asociaciones se van desgajando como si se tratase de filiales díscolas, aunque no es menos cierto que todo lo narrado anteriormente había minado la confianza de muchos profesores de “medias” en la SEEC, reacción más que visible en las conversaciones habidas por aquellos días: Ubi sunt...?

Y no podemos debemos dejar sin comentario la airada reacción de algunos ponentes del pasado congreso de la SEEC convocado en Valencia ante la libre opinión vertida por compañeros de Secundaria en sus blogs. Permítaseme afirmar que en un buen número de ocasiones hemos asistido como ponentes a cursos organizados por la Sociedad a nivel provincial y hemos echado en falta la asistencia de las directivas locales que, una vez más, han declinado su presencia por motivos personales (no deseo redundar en el tema de los motivos personales que justifican ausencias en momentos muy duros para la enseñanza de las Clásicas, pues de ellos están cargados los párrafos anteriores). En cuanto al tema del Congreso, no voy aquí a poner calificativos al respecto, y menos aún cuando ni siquiera estuve presente en las sesiones, pero sí deseo introducir varios elementos de reflexión: ¿qué es más relevante, tener un público al que dirigir comunicaciones, ponencias, etc., o confirmar que hace tan sólo quince años ese público se encontraría en una proporción superior al doble o al triple de los que lo hicieron en ese momento? ¿Quedará en la próxima década, de seguir este ritmo continuo, alguien a quien dirigirse? ¿Se favorece que, una vez iniciado el curso escolar, puedan asistir los de Secundaria? ¿No es un mínimo motivo de autocrítica que los blogs de profesores asistentes reflejen decepción o resignación -y muy poco entusiasmo- ante lo que presenciaron? Créanme, no sólo fueron los blogs, también se vertieron comentarios personales de todo tipo, aunque verba volant... Hay una receta, que nada tiene de mágica: oír (acto fisiológico), escuchar (acto de reflexión) y saber interpretar. Tan sólo en los últimos años la SEEC andaluza ha perdido la mitad de sus afiliados, sin que parezca que haya habido una mínimo análisis crítico por parte de la Sociedad de las causas de tal abandono masivo, y tampoco se observa una revisión al alza entre las cifras de socios a nivel nacional con las que contaba la SEEC en tiempos no tan lejanos.

En resumidas cuentas, podemos languidecer y ahogarnos, cual músicos del Titánic, no sin dignidad, o bien convertirnos en el barco que rescató de las gélidas aguas a los supervivientes de la tragedia. Sea cual sea la candidatura ganadora tiene una dura labor por delante: recuperar la confianza de un sector muy relevante del profesorado que, al fin y al cabo, forma la base de una pirámide, sin la cual la cúspide jamás podrá sostenerse, para lo cual deberán enterrarse para siempre los errores del pasado.

A quienes estén dispuestos a abordar tan duro reto se dirigen mis mejores deseos de éxito.
Atentamente,
Emilio Canales Muñoz

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