Entrevista a Valerio Manfredi: "Me fascinan los límites extremos del Imperio Romano"

Jacinto Antón / Barcelona 15/10/2005

Legionarios romanos combaten en China en 'El imperio de los dragones'.

En su nueva novela, El imperio de los dragones (Grijalbo), una sabrosísima aventura de romanos, el italiano Valerio Manfredi (1943) lleva a un grupo de legionarios hasta China, donde, aparte de batirse como leones, descubren cosas tan asombrosas para ellos como el arroz, el té, la acupuntura, las artes marciales y los osos panda. Entretejida en la narración, apoyada en indicios históricos y en el gran conocimiento de Manfredi de la antigüedad y su topografía, el autor presenta una sugerente comparación entre el mundo chino y el romano de la época (el siglo III después de Cristo), que se centra en la contraposición del tao y la virtus.

"Sabemos que los dos imperios, China y Roma, sabían uno del otro", explica Manfredi. "Los romanos llamaban a China Sera Maior, el país de los seres, y los chinos al Imperio Romano, Taquin Guo, el país occidental. Curiosamente, poseemos más información de ese conocimiento de fuentes chinas. Por ellas sabemos que un embajador chino, enviado por el general Ban Chao, llegó hasta el Caspio, a sólo dos días de las fronteras del Imperio Romano, pero se volvió atrás engañado por los persas. Es una pena, porque hubiera llegado en tiempos del emperador Nerva, un hombre culto e inteligente. El caso es que hubo muy pocos contactos directos, porque las distancias eran enormes y el imperio parto y luego el persa, interesados en mediatizar el comercio de la seda, los obstaculizaron. Seguramente China y Roma hubieran podido colaborar, porque estaban demasiado separadas para competir y sus enemigos acabaron siendo en el fondo los mismos, las grandes naciones nómadas de Asia central".

Manfredi hace arrancar su novela de un hecho histórico, uno de los más dramáticos de toda la historia de Roma: la captura por Sapor I en Edesa del emperador Valeriano -el escritor lo hace morir muy dignamente, pero, según Gibbon, Sapor lo hizo disecar y lo exhibía en un templo de Persia-. Junto a él son apresados en el relato un puñado de legionarios encabezados por Marco Metelo Aquila, legado de la II Legión Augusta y protagonista de la novela.Tras escapar, los soldados, en una singular anábasis latina, huyen hacia Oriente y, cruzando el océano, los remolinos del Indo y las pavorosas gargantas del Paropamiso, en el Hindu Kush, llegan a China. Ahí se implican en la lucha por los derechos dinásticos de un príncipe local.

Manfredi recupera en su novela las leyendas sobre una legión perdida que, tras la derrota de Carrhae contra los partos, habría devenido una unidad mercenaria en China. "Algo de verdad debe haber en ese mito. Han quedado textos chinos sobre extraños combatientes que formaban la clásica testudo romana", dice. Él inventa un sobrecogedor entierro chino con soldados de terracota con implementa romana. El novelista cree que se han perdido muchos testimonios del contacto entre China y Roma que son irrecuperables, aunque afirma haber tenido recientemente noticia del extraordinario hallazgo de un grafito de un legionario romano de la XV Legión en Afganistán.

"Me fascinan los límites extremos del Imperio Romano", suspira el autor de Alexandros, que ya dio muestra de ese interés en La torre de la soledad (Alianza), en la que llevaba a una unidad romana al desierto líbico y a los misteriosos parajes más allá del reino de arena de los garamantes. "Para un grupo de romanos como los de mi historia, viajar a China debía ser como hacerlo a otro planeta".

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