Don Francisco Rodríguez García, un humanista lebrijano en el Jerez del XIX

Juan J. Cienfuegos | Jerez de la Frontera (Cádiz) www.diariodejerez.es 14/04/2008

¡Quién iba a imaginarse que uno de los primeros estudiosos en ocuparse de la cultura y la lengua de los vascos fuera natural de Lebrija y educado en Jerez! Así fue, sin embargo. En el año 1773 vio la luz en Madrid Los vascongados: su pais, su lengua y el principe L.L. Bonaparte... /por el Sr. D. Miguel Rodríguez-Ferrer; con una introducción del Sr. D. Antonio Cánovas del Castillo (Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca, 1976, ISBN 84-248-0310-8, disponible en la SBM de Granada, recogido en el Catálogo de la Red de Bibliotecas Públicas de Andalucía).

Tras estudiar la carrera de Derecho en Sevilla Miguel Rodríguez Ferrer llegó a ser un notable antropólogo, (comisionado para estudiar las costumbres de Cuba, publicó el año 1851 El tabaco habano, su historia, sus vicisitudes, sus más afamadas vegas), gobernador civil de varias ciudades españolas y superintendente en Cuba.

Pues bien, el padre de este insigne y poco conocido político español del XIX fue don Francisco Rodríguez García, también natural de Lebrija, pero vivió muchos en Jerez años ejerciendo de Director del Colegio de Humanidades de san Juan Bautista, llamado después Instituto Provincial de Jerez y hoy P.L. Coloma. Aquí acabó felizmente su vida el año 1859. Don Francisco fue uno de los últimos humanistas verdaderos, con una obra no muy extensa escrita tanto en español como en latín. Bachiller en Artes por Osuna, en Teología por Sevilla, socio, como se decía entonces, de la Academia Latina de Madrid, de la sevillana de Buenas Letras y de la Real Patriótica de Córdoba. Fue catedrático del Real Colegio de Morón; desde 1815 fue Director de la Real Clase de Lebrija y también Director del entonces Colegio de Humanidades de San Juan Bautista desde 1839 al 1852 (salvo dos años, 1845-1847). Era amigo de los dos Arjona, José Manuel y Manuel María. Precisamente fue alumno de Manuel María y de su mano participó en las reuniones de la llamada «Academia Silé» (¡calla! imperativo de silêre, callar) en la finca «El ciprés», propiedad del gobernador Ayllón, situada a una legua de Osuna, una curiosa institución volandera y secreta formada por insignes intelectuales liberales de la época de la que también era parte su amigo, corresponsal, y posterior rector y catedrático de Gramática y Latinidad del Colegio de Humanidades de San Juan Bautista, el antequerano Juan María Capitán.

Precisamente en la muerte de don Alberto Lista, -otro junto con Blanco White, de los contertulios de Osuna y de Sevilla-, le dedicó J.M. Capitán una Oda al vate trianero (otros dicen que de la Algaba) que acompañó a la que le había escrito un muchachito de doce años, un tal Gustavo A. Bécquer (el lector tiene a mano en la web del Centro de Estudios Históricos Jerezanos, www.cehj.org, el artículo donde se estudian esas dos composiciones). En esa «Academia del Silé» cuya vida se alarga desde el 1789 1791 se cantaba el himno «De osbcura y densa/ niebla cubre a España infame velo/ y a su sombra la ignorancia/ extiende su híbrido cetro», por cuya razón fue investigada, sin consecuencias, por la Inquisición, estimándola cosa de muchachos. Asimismo tiene su guasa el detalle de que acostumbraran a terminar sus reuniones con el reparto a cada quien de una taza de ponche y una empanada. Naturalmente que sus móviles eran políticos, aquellos de los liberales de la época: los ideales democráticos, afrancesados, antimonárquicos y reformistas. No obstante, la Academia tuvo continuación, si no es que fueron simultáneas, con la Academia Horaciana de Sevilla. (J.M. Barrera López, («Un Grupo Olvidado del XVIII: la Academia Silé, de Osuna», 1992).

Cuenta J.M. Capitán que en sus días don Francisco era el «único sobreviviente de aquella venturosa Academia, gran latino, profundo humanista, y bien conocido por sus oposiciones a cátedras de Filología y Latinidad, especialmente las que hizo a la de Lebrija». Efectivamente. Para obtener la Dirección de la Real Clase de Lebrija pronunció ante los patronos un elocuentísimo discurso sobre el insigne Francisco Martínez de Cala, o sea, sobre Antonio de Nebrija. Hasta ahí todo puede parecer normal, pero deja de ser así cuando nos enteramos de que, para empezar, el discurso lo tuvo que escribir en latín y, en segundo lugar, lo declamó memoriter, o sea de memoria, durante un espacio de tiempo no inferior a la media hora, como exigían los propios Estatutos de la Real Clase. Esa «oración panegírica» fue una entre otras cosas que don Francisco compuso en un latín más que aseado o bien, para decirlo al modo latino, el magister componía pure atque emendate. Escribió, en efecto, otras piezas tanto latinas como españolas salvadas por mi compañera y buena amiga, la catedrática de Historia -jubilosamente emérita ahora-, María Dolores Rodríguez Doblas (suum cuique). Volviendo a don Francisco, precisamente ahora estoy terminando un artículo donde estudio sus opiniones sobre la enseñanza de la lengua latina que creo que aportará algunos datos sobre la educación en el siglo XIX. Fue animador de la vida cultural jerezana, como bien dice Manuel Ruiz Lagos (Ilustrados y reformadores en la Baja Andalucía. Madrid, Editora Nacional, 1974, pág. 30): «don Francisco creó - con don Jorge Díez- un "Parnasillo" (sic) al que se integrarían posteriormente hombres como Matute, Sotelo o Juan María Capitán».

Y para terminar creo que ilustrará muy bien el carácter de este hombre bueno y erudito (humanissimus, lo llamamos en latín) la reproducción de una parte de su Testamento (conservado en el Archivo Histórico de nuestra ciudad y servido eficientemente por Antonio Santiago, -de nuevo suum cuique).

«Declaro que a mis hijos, los referidos don Antonio, don Miguel y don Francisco de Paula Rodríguez y Ferrer he costeado al primero la carrera de Facultativo en Medicina, al segundo la de Leyes y al tercero la de Farmacia, habiendo gastado en cada uno hasta diez y ocho mil reales vellón (sic), siendo mi voluntad se tenga esto presente al practicarse la liquidación de mis bienes para no perjudicar a mis hijas en quienes nada he gastado más que lo preciso para su subsistencia y arreglados vestidos.»

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