El esplendor del Imperio Romano revive a través de la pintura


EFE | Roma 23/09/2009

'Roma, la pintura y el imperio' se expone del 24 de septiembre al 17 de enero de 2010 en las Scuderie del Quirinale de la capital italiana.

Roma recuerda desde hoy el esplendor que la pintura alcanzó durante la época de los Césares, y cuyas obras más representativas se han perdido, a través de una exposición en las escuderías del Palacio del Quirinal donde han logrado reunir piezas provenientes de todos los rincones del Imperio.

En la presentación de la exposición, cuyo título es «Roma. La pintura de un Imperio», los organizadores han pedido a los visitantes un esfuerzo de imaginación: que pensaran en un mundo en el que los cuadros de Rafael, Botticelli, Velázquez, Rembrandt o Goya se hubieran perdido, y sus nombres sólo se conocieran por las crónicas de la época.

Esa es exactamente lo que hoy ocurre con otro período de gloria del arte pictórico: el que va desde el período clásico griego, con artistas como Apeles y Polignoto de Tasos, hasta el Imperio romano, donde destacaron pintores como Studius (o Ludius) y Fabullus (o Famulus).

«Una gloria absolutamente incógnita», en palabras de Antonio Paolucci, director científico de exposiciones de las Escuderías del Quirinal, el museo romano en el que se exhibe.

La voluntad de «reconstruir» de alguna manera este legado perdido ha impulsado al arqueólogo italiano Eugenio La Rocca a traer a Roma cien obras provenientes de París, Londres, Moscú, Edimburgo, Fráncfort, Nápoles y Zúrich, y que se encuentran entre las más representativas y mejor conservadas de la pintura romana.

La Rocca aseguró que la intención de la muestra es «dar una idea a la gente» de lo que fue la gran pintura romana «a través de lo poco que queda de ella», y sobre todo de la pintura parietal, es decir, los frescos encontrados en el interior de casas y palacios romanos.

Se exhiben así obras claves de los cuatro estilos pompeyanos, desde las llamadas «Bodas Aldobrandinas», conservadas en los Museos Vaticanos, al «Hércules y Telefo» de la Basílica de Herculano, así como parte de la decoración de la Villa de la Farnesina, en Roma.

Pero los organizadores han querido dar una visión más amplia de la pintura en el Imperio Romano, fuera de los cuatro estilos. Para ello han confrontado estas obras, que representan el cénit de la gloria de la Ciudad Eterna y de la península itálica, con piezas más tardías y provenientes de las provincias.

El cénit de la gloria romana
Así, se trata de la primera vez en que pueden verse juntos los retratos surgidos de los talleres de la metrópoli, como los que pueden encontrarse en Pompeya y Herculano, y los famosos retratos sobre tabla de El Fayum (Egipto).

En este sentido, La Rocca destacó la gran similitud entre ambos, a pesar de que los separen varios siglos y miles de kilómetros: «Los retratos se hacían como los romanos y los retratados querían aparecer como romanos».

Los retratos romanos buscaban una imagen «fisiológica», señaló el arqueólogo, en contraposición a los retratos «tipológicoS» de los griegos, quienes plasmaban cuadros de poetas, de filósofos, de políticos y demás, por lo que se encuentran grandes parecidos entre los miembros pertenecientes al mismo gremio.

Algo que contrasta también con las propias pinturas parietales, con las que se pretendía recrear, en el interior de las casas, paisajes «irreales, soñados, incluso a veces surrealistas» para el deleite de su propietario, cansado de los problemas de la política o el comercio.

«Figuras creadas a partir del aire que parecen fluctuar en el vacío», sujetos mitológicos y paisajes oníricos que recuerdan, según La Rocca, a grandes maestros muy posteriores.

Y en concreto, el experto citó a dos pintores españoles: Goya, por su uso del sueño y lo onírico, y Francisco de Zurbarán, por sus fondos negros. Agregó que estos artistas dan la impresión de haber tenido contacto con las pinturas romanas, «no se sabe cómo».

Precisamente el llamar la atención del público sobre esta continuidad de la pintura de la Antigüedad en el arte moderno es otro de los objetivos de la exposición, ya que, para Paolucci, se trata de «un universo perdido que atraviesa la cultura de Occidente como un río subterráneo que emerge de cuando en cuando».

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