Un viaje en el tiempo

Aurora M. Muriente Pastrana www.elnuevodia.com 29/08/2010

Una joven periodista puertorriqueña participa en la búsqueda del templo romano dedicado a César Augusto en Tarragona, España.

Al caminar por las calles de la parte alta de Tarragona, una ciudad de Cataluña a orillas del mar Mediterráneo, en sus ruinas, edificios y monumentos se observan los vestigios de una de las ciudades más importantes del Imperio Romano. No es de extrañar que cuando llegan los meses de verano los transeúntes se topen con alguna campaña arqueológica buscando restos antiguos en sus estrechos callejones. Lo que sí fue una sorpresa para quien la visitó el pasado mes de julio fue encontrar una excavación de 30 metros cuadrados en el interior de la Catedral de Santa María de Tarragona, una de las edificaciones más importantes de esta ciudad.

Esta vez no se trataba de arqueólogos documentando una calle o una vivienda antigua, como suele suceder cada vez que se comienza una nueva construcción en esta zona. Tan singular fue la excavación dentro de la catedral como lo que estaba oculto debajo de ella: los cimientos de un templo romano.

Hace un año me trasladé a Tarragona a realizar una maestría en Arqueología Clásica. Iba motivada por el sueño de excavar en Pompeya, una de las ciudades romanas mejor preservadas en la actualidad, que visité durante un intercambio en Italia mientras era estudiante de Periodismo en la Universidad de Puerto Rico. Tenía poca experiencia en esta disciplina, pero muchísimas ganas de aprender cosas nuevas y así se lo transmití a mi tutor de investigación, el arqueólogo Josep María Macías Solé, el día que hablé con él por primera vez. Creo que debido a mi sinceridad y al desprendimiento de Macías, a los dos días, paletín en mano, me incorporé a su equipo de excavación en la arena del anfiteatro romano de Tarragona. Hice un poco de todo durante casi un año: excavar, lavar y siglar cerámica, trazar planos, alzados y secciones, y fotografiar piezas halladas en las excavaciones. Pero lo más impresionante aún estaba por llegar.

Un templo para el emperador
En el siglo I después de Cristo, la ciudad romana de Tarraco, actual Tarragona, se elevaba casi 70 metros sobre el nivel del mar. Miraba al Mediterráneo con la grandeza que caracterizaba a las ciudades romanas. Recién estrenaba su nombre de primera Capital de la provincia Hispania Citerior gracias a la concesión que le hiciera el emperador César Augusto, luego de residir allí por dos años. Esta provincia comprendía la mitad de la Península Ibérica y era la más extensa en todo el Imperio Romano en ese momento.

Tras su estancia de dos años en Tarraco, César Augusto le otorgó a la ciudad los poderes administrativos necesarios para su pleno desarrollo urbano, económico y demográfico y se construyeron importantes edificaciones públicas como el Foro de la Colonia, un altar dedicado al emperador y el teatro.

Gracias a que los lazos entre César Augusto y Tarraco estaban muy bien hilvanados, en el año 15 después de Cristo, embajadores tarraconenses le solicitaron al emperador Tiberio, sucesor de Augusto en Roma, que les permitieran construir un templo en honor al difunto emperador, convirtiéndose así Tarraco en una de las primeras provincias romanas en levantar un templo en su nombre.

El culto al emperador tuvo un gran significado en el desarrollo del Imperio Romano. Representaba un acto de fidelidad política, social y de transformación religiosa que tenía sus orígenes en Oriente y en Egipto. Es por ello que Augusto se identificó con la iconografía de Júpiter-Amón, un sincretismo entre Zeus, dios griego y Amón, dios egipcio, que evocaba los escudos victoriosos que llevaban las tropas de Alejandro Magno en las procesiones triunfales. Este discurso simbólico e iconográfico representado en Roma se trasladó posteriormente a las capitales provinciales para decorar algunas plazas, como ocurrió en el Recinto de Culto Imperial de Tarraco, la más importante de sus plazas, que comprendía un predio de dos hectáreas, equivalente a dos campos de fútbol.

Tras la muerte de César Augusto el 19 de agosto del año 14 después de Cristo, el proceso de divinización imperial aumentó y se convirtió en el culto a la dinastía Julio Claudia, a la que pertenecieron tanto él como su antecesor Julio César.

No se conoce el año exacto, pero de acuerdo con las fuentes escritas y numismáticas (monedas) se estima que en la primera mitad del siglo I después de Cristo, fue construido este gran templo octástilo (con una fachada de ocho columnas), hecho en mármol y de dimensiones monumentales: 27 metros de ancho, por 35 de largo y 25 de alto aproximadamente. Estas medidas se desprenden de los resultados de unas prospecciones geofísicas realizadas en el suelo de la Catedral en 2007, que formaron parte de las restauraciones dirigidas por el Plan Director de la Catedral de Tarragona.

En estas prospecciones se corroboró la existencia de un gran basamento que correspondería a la cimentación del templo. Por décadas se barajaron varias teorías sobre su ubicación en diversos sitios de Tarragona, pero todo indicaba que, en efecto, los cimientos de este templo romano descansaban en la parte alta de la ciudad –a casi 70 metros sobre el nivel del mar– en el centro del Recinto de Culto y lugar más importante de Tarraco hace 2,000 años, hoy situado bajo el templo cristiano.

A raíz de este importante hallazgo, los tres investigadores a cargo del proyecto, Josep María Macías Solé, quien es investigador del Instituto Catalán de Arqueología Clásica; Imma Teixell, arqueóloga del Ayuntamiento de Tarragona; y Andreu Muñoz, arqueólogo del Arzobispado de Tarragona, plantearon la realización de una excavación de 30 metros cuadrados en el eje de simetría de la Catedral. Este sondeo coincidiría con la parte frontal de ese basamento y su propósito sería buscar la fachada de lo que se estimaba eran los restos del templo.

Es aquí cuando un grupo de estudiantes de Arqueología y de Historia nos sumamos al equipo de investigadores, siendo yo la única latinoamericana y periodista del equipo.

Detectives de la historia
Uno de los ejercicios a los que obliga la Arqueología es a eliminar los parámetros de temporalidad a los que estamos predispuestos. Consideremos, por ejemplo, que la historia oficial de Puerto Rico dice que los españoles llegaron a nuestras costas en el año 1493. El enlosado de la Catedral de Tarragona data del 1331, casi dos siglos antes de la colonización de Boriquén. ¡Y pensar que esta era la capa más “joven” de la excavación!

Una vez retiradas las losas de mármol y el mortero que las unía, comenzamos a documentar cada estrato de tierra. Unos más oscuros y más blandos, otros más arenosos y amarillentos; todos eran el documento más valioso con el que contábamos para establecer la cronología de las estructuras que encontraríamos.

Los días iban pasando y el trabajo se intensificaba cada vez más. Cual si fuéramos detectives, el grupo de investigadores nos acercábamos a la tierra con la intriga de descubrir una pista que nos develara la verdad. Se fueron haciendo evidentes las enormes similitudes entre el periodismo y la arqueología. En ambas ramas del conocimiento ocurre el mismo proceso investigativo, la búsqueda de opiniones y fuentes diversas, el ejercicio de elaborar preguntas, de plantear problemas, hipótesis y lograr resolver conflictos. En ambas se dan la difusión y la socialización de la investigación y de sus hallazgos.

Ello explica que como parte de este proyecto arqueológico se creara un plan de difusión que incluía un blog (http://blogs.sapiens.cat/buscatemploaugusto/), con actualizaciones diarias sobre los hallazgos realizados, conferencias de prensa semanales y una jornada de puertas abiertas para que los ciudadanos pudieran ver la excavación. Las redes sociales sirvieron para difundir los avances del proyecto alrededor del mundo y en los resultados de las entradas al blog, Puerto Rico apareció en séptima posición entre 42 países.

¡Apareció el templo!
La complejidad de una serie de muros de distintos periodos y una plataforma romana en opus caementicium (mezcla de cal y arena para formar una superficie) que habíamos descubierto, dificultaban su interpretación. Pero a finales de julio se hizo la luz cuando un sondeo geotécnico realizado por el Colegio de Aparejadores de Tarragona confirmó que la plataforma romana era la primera fase constructiva, sobre la cual estarían situados grandes bloques de piedra (opus quadratum), que sostenían el enlosado de mármol del templo.

Este templo y el Recinto de Culto Imperial fueron destruidos respondiendo a las políticas implantadas por Roma luego de que el emperador Teodosio proclamara el cristianismo como la religión oficial del Imperio en el año 380 después de Cristo, promoviendo la destrucción de los templos de culto romano. Además, en época visigoda (siglo VI después de Cristo), luego de la caída del Imperio Romano, se reutilizaron el mármol y los bloques de piedra para edificar nuevas construcciones.

Tras su destrucción, el Recinto de Culto donde estaba el templo, que había sido el lugar más importante de la ciudad romana, fue ocupado por el Episcopio Visigodo, que era el conjunto de todas las estructuras de gestión del Arzobispo de Tarraco. Entre los siglos VIII y XII la ciudad fue ocupada por los musulmanes y posteriormente abandonada.

En el siglo XII el movimiento político de los Condados Catalanes recuperó la ciudad y promovió la construcción de la Catedral, para la que se utilizó el mismo basamento del antiguo templo romano como base y eje de simetría.

No hay literatura que describa la emoción de saber que la plataforma, de 2.4 metros de grosor, era la base donde descansaba el templo. No se trataba meramente de Augusto, el emperador. Era la estructura que habían levantado obreros hace casi 2,000 años. Trabajadores que posiblemente tenían las mismas preocupaciones que cualquier obrero del siglo XXI: ganarse el sustento para mantener a sus familias.

Labor de equipo
Al final, la vida es cíclica y si estudiamos las civilizaciones pasadas encontraremos grandes paralelismos con la actualidad. La civilización romana parecería muy distante; sin embargo, hay tantas cosas que nos rodean y que se originaron en la antigüedad que si intentáramos hacer una lista no acabaríamos. Empezando por el mes de agosto, nombre inspirado en el afamado emperador.

“El trabajo en equipo es la única solución para resolver problemas serios”, comentó uno de los investigadores, mientras conversábamos al finalizar la excavación, y verdaderamente esa fue la gran diferencia en el proyecto multidisciplinario realizado en la Catedral.

Además de arqueólogos, al equipo se unieron geólogos que analizaron los mármoles hallados y una antracóloga para estudiar los carbones de madera del yacimiento, que arrojan información sobre la vegetación del pasado. Asimismo, se unió un equipo de dibujo técnico que diariamente realizó fotogrametrías del sondeo para documentarlo, entre otros investigadores.

El 6 de agosto concluyó mi colaboración con el proyecto. Sentada en la plataforma del templo, intentaba memorizar cada piedra y cada estrato antes de que fuera cubierto de tierra nuevamente, ya que una de las condiciones para la excavación era regresar el enlosado de la Catedral a su lugar.

La experiencia didáctica fue inigualable, pero sobre todo el privilegio de haber formado parte de un grupo extraordinario de investigadores y estudiantes que durante un mes viajamos en el tiempo para adentrarnos en los misterios de la antigüedad.

(*) Aurora M. Muriente Pastrana es periodista y estudiante de Arqueología Clásica.

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