'Seneca saepe noster'

grupo Tomás Moro / Córdoba www.eldiadecordoba.com 26/11/2005

Cuando un cordobés letrado visita Roma tiene la oportunidad de encontrar allí las raíces históricas de la Colonia Patricia Corduba. A la vista de las ruinas del Foro y del Coliseo, del Ara Pacis o de la basílica de Trajano, uno no tiene más remedio que rememorar las huellas de aquella impresionante imagen imperial en la Bética y su capital: Corduba. Y cuando se leen las inscripciones latinas, presentes a cada paso, la memoria acude al seno maternal de la lengua del Lacio, felizmente implantada en Hispania y encaminada al castellano por hispano-visigodos y monjes de la Rioja.

Pero llega un momento en que la historia de Córdoba se hace presente por casi todas partes de la Ciudad Eterna en sus numerosas librerías. Porque allí, como en ningún otro lugar, ni siquiera en su ciudad natal, el lector puede hojear las abundantes ediciones, en latín-italiano o sólo en italiano, de las obras de Séneca en ejemplares populares con precios al alcance de todos los bolsillos. Leer al cordobés en Roma resulta barato y encontrar ediciones populares con destino sobre todo a la juventud es señal del interés que aún goza Séneca entre los lectores romanos. Ediciones fasciculares que se ofrecen como novedades en las librerías y se colocan visiblemente en los anaqueles de entrada. Así lo pudimos ver recientemente en una humilde edición del diálogo De vita beata (De la vida feliz), de 1988, que iba ya por la duodécima reimpresión.

Los cristianos de los siglos III y IV no dudaron en considerar a Séneca "como uno de los nuestros". No es que Tertuliano pensara que fue cristiano, pero lo sintetiza eficazmente en el título que le hemos tomado: Seneca saepe noster (Séneca, frecuentemente nuestro). Los escritores cristianos consideraban a Séneca solamente un pagano, vecino espiritualmente al cristianismo, pero estaban bien lejos de creer en su conversión. Significativo es, a este propósito, el testimonio de Lactancio (coetáneo y conocido de Osio), quien afirma en sus Instituciones Divinas que Séneca habría podido ser cristiano si alguien le hubiera guiado a la fe. Las cartas apócrifas entre Séneca y San Pablo, de fines del siglo IV, vinieron a corroborar entre los cristianos su proximidad a la nueva religión, y San Jerónimo vino a consolidar ese pensamiento al incluirlo en su obra De viris illustribus (Acerca de los hombres ilustres). Con su declaración, el santo traductor de la Biblia Vulgata consagraba una nueva interpretación de Séneca destinada a permanecer inmutable durante toda la Edad Media, que favoreció sin duda alguna la copia y transmisión de las obras del filósofo estoico por obra de los escritos monacales. Sus obras ni se olvidaron ni se perdieron por la proximidad de su pensamiento ascético al cristianismo.

Cuando se le pregunta a uno cualquiera de sus traductores, como es el caso de G. Manca, nos dice que el motivo primero y principal para proceder a la traducción de uno de los Diálogos del cordobés –para él, romano– es la fuerte seducción que todavía hoy provoca en los lectores. "El primero y fundamental –dice– es la gran atracción que provoca el mensaje moral del filósofo romano, tan vecino al cristiano, aunque más bien autónomo en su génesis y en su desarrollo". Séneca, pues, interesa a los romanos de hoy. Las obras de Séneca se compran aún. Séneca es leído en Roma por un público de escasas posibilidades económicas: "Cien páginas de Séneca por 0,60 euros", dice el reclamo publicitario. Bastante menos que el precio de un café.

Volver a Córdoba después de aquellos días memorables que algunos miembros del grupo Tomás Moro gozaron en la Ciudad Eterna fue llorar al recordar la memoria de Séneca en Roma. Quien lo busque en la antigua capital de la Bética –Córdoba, por más señas– lo encontrará en el nombre de una humilde plaza o en la estatua de la Puerta de Almodóvar. Pero ni el nombre ni la estatua hablan. Nadie se detiene a escuchar a un bronce mudo. Los romanos lo prefieren vivo en su palabra y en su pensamiento.

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