Los ojos de los antiguos

Jesús Ferrero www.elpais.com 11/12/2010

¿Está tan lejos la Antigüedad? Es posible que ahora los ojos de los griegos estén más cerca de antes que los nuestros.

Sería bueno preguntarse qué nos pueden decir ahora mismo las obras de la Antigüedad que han llegado hasta nosotros. De entrada es evidente que con su misma presencia nos demuestran que han sido capaces de sobrevivir, a veces por casualidad, a veces porque su belleza hizo de escudo protector y las libró de la destrucción, que parece ser la única ley de la historia. Puede que toda cosa aspire a permanecer en sí misma, como pensaba Spinoza, pero pocas lo consiguen. Las que esquivaron el frenesí aniquilador del tiempo y del espacio, ya sea porque permanecieron ocultas bajo tierra, ya sea porque manos prodigiosas las fueron guardando a lo largo de los siglos, son parte casi viviente, casi sintiente del pasado, y tienen el poder de transportarnos a él de un modo tan fulminante como inmediato.

Vayamos a Grecia: todas sus estatuas muestran la mirada interior, lo que no deja de ser paradójico, pues se supone que la mirada hacia dentro es patrimonio de las culturas orientales. Los dioses griegos siempre están mirando hacia dentro, lo que no les impide mirar al mismo tiempo hacia fuera.

Por eso, ni parecen del todo reconcentrados, ni parecen del todo ausentes: miran hacia el interior y el exterior sincrónicamente. Ese equilibrio de fuerzas entre la proyección interior y exterior es quizá lo más emocionante de la cultura griega. Y esas dos fuerzas opuestas de la mirada griega logran su mejor definición en el auriga de Delfos. Una vez lo toqué y sentí miedo. ¿Cómo consiguieron los griegos expresar en casi todas sus estatuas esa doble dimensión de la mirada humana y de la mirada divina? Probablemente ni siquiera lo pensaron, y fue una derivación natural (y a la vez muy elaborada) de su propia mirada, pues la misma doble dimensión caracteriza toda la Antigüedad griega. Supieron mirar hacia el interior como nadie, ya desde los filósofos presocráticos, y como nadie supieron mirar la exterioridad. Por eso Alejandro Magno llegó hasta el Indo: porque sabía, como le había dicho Aristóteles, que el hombre es un animal social contra el que se puede combatir, cierto, pero con el que también se puede pactar.

Asimilar la doble mirada griega, y hacerla enteramente nuestra, podría resultar ahora algo muy beneficioso y estabilizador, pues ayuda a desbaratar las estratagemas más falaces del yo. Pero no sólo la mirada, también la palabra de los antiguos puede proyectarnos en universos de suma fraternidad con ellos. Los poemas de Alceo y Catulo hablan con más donaire y frescura del amor y los placeres terrenales que muchos poemas del presente. Algunos parecen escritos hace día y medio. Y, en líneas generales, el poeta que tanto cantó a Lesbia y a los chicos es menos moralista que nosotros. Ironías de la Historia.

Si de pronto nos desplazamos de Roma a China, observamos que muchos poemas escritos antes de nuestra era describen los horrores de la deportación con más precisión y grandeza trágica que muchas novelas de ahora sobre el mismo tema. En la China del presente nadie llevó a cabo tantas deportaciones como el primer Emperador. Seguramente muchos de los soldados de su inconcebible panteón fueron labor de deportados. Esos extraños soldados en los que percibimos de pronto la mirada interior de la que hablábamos antes.

Es común decir que esos hombres de arcilla que protegen la cámara del Emperador hacían el papel de guardianes, asegurando la preservación del sepulcro y hasta la eternidad del monarca. Pero también pudo contar para el Emperador la pretensión de dejar un mensaje sellado en el que se sintetizaba todo el Imperio: un gran ideograma representando a China en su totalidad. Y no deja de ser sorprendente que de esas simples caras de barro encajadas en cuerpos fabricados en serie emerja de nuevo la mirada hacia la interioridad, tan buscada siempre por la estatuaria de Extremo Oriente. Y es que esos soldados parecen estar mirando a la vez hacia dentro y hacia fuera, como el auriga de Delfos, quizás con menos matices pero con los suficientes para indicar que la mirada del soldado ha de dirigirse a la vez hacia el centro de la mente, como aconsejaba Confucio, y hacia el exterior.

¿Está tan lejos la Antigüedad?, cabe preguntarse. La Antigüedad griega, por ejemplo. Es posible que ahora los ojos de los griegos estén más cerca de antes que los nuestros. Pero conviene matizar, y no olvidar que la cultura griega se deslizó en muchos momentos por el territorio de lo ideal. El hombre y la mujer estaban en Grecia muy separados, pero en toda su estatuaria resultan formalmente muy próximos. Aspiraban a la democracia, sobre todo en Atenas, pero a decir verdad pocas ciudades llegaron a ella. Las mujeres no tenían voz en la polis, pero en el teatro clásico la tienen continuamente. Lo que equivale a decir que una cosa era el sueño griego (su deseo proyectándose en la escultura, la literatura, la arquitectura), y otra muy distinta su realidad pura y dura. Y lo que más lejos proyectaron fue justamente su sueño, y ese sueño sí que ha llegado a nosotros, y nos los hace muy próximos.

Vivimos en democracia como anhelaban los atenienses, nos interesa la belleza del cuerpo de forma tan obsesiva como a ellos, los dos sexos tienden a nivelarse y a acercarse como sus estatuas, donde el hombre aparece feminizado y la mujer virilizada, y las mujeres tienen voz como la tenían en la tragedia griega. No sólo parecemos hijos de su ética y su estética, también parecemos hijos de su deseo, pues todo lo que en ellos sólo era un sueño en nosotros ya es una realidad, aunque no siempre sepamos verlo.

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