Las vanas profecías

José Andrés Rojo www.elpais.es 28/11/2005

'Casandra', conmovedora recreación de Christa Wolf de la adivina troyana.

Hay mitos de procedencias muy distintas, pero son los griegos los que siguen influyendo más profundamente en la civilización occidental. La imagen de Antígona enfrentándose al poder, la triste peripecia que inicia Edipo cuando se ha arracado los ojos al conocer la verdad de su vida, la furia de Medea destruyendo a sus hijos: todo eso resulta próximo y está ahí para agitar las turbulencias que se producen cuando se hurga en los interrogantes de la condición humana.

También pasa con la historia de Casandra, la hija de Príamo, el rey troyano, y de Hécuba, su esposa. Una historia que tiene lugar mientras se suceden las grandes batallas de una guerra que desencadenó Paris cuando robó a Helena del lado de Menelao, y donde se tratan muchos de los asuntos que se repiten en todos los tiempos: el precio que hay que pagar por una traición, la palabra que anuncia el desastre y que nadie escucha, la postergación de la mujer, el cálculo interesado con que a veces se administran las pasiones. Y detrás, como un murmullo exasperante, el dolor, el dolor y el dolor.

La versión más común del mito de Casandra cuenta que Apolo le concedió el don de la profecía a cambio de su amor, pero que ella no cumplió su parte y que el dios lanzó entonces una maldición: que podría adivinar el futuro, pero que dijera lo que dijera nadie le creería. Y así ocurrió. La hija del rey troyano anunció la guerra que librarían con los aqueos, y nadie le hizo caso. Advirtió de que no abrieran las puertas de la ciudad a aquel caballo, regalo de los griegos, pero todos miraron a otra parte. Llegó entonces la derrota definitiva, y Casandra fue entregada como parte del botín a Agamenón, que se enamoró de ella y la hizo concebir dos hijos gemelos. Cuando regresaron a Grecia, la mujer del jefe griego, Clitemnestra, y su amante Egisto los esperaban para matarlos. Y Casandra lo vio, pero tampoco nadie le hizo caso.

Es en ese momento donde Christa Wolf (Landsberg an der Warthe -ahora Gorzów Wielkopolski, Polonia-, 1929), una de las grandes escritoras formadas en la antigua República Democrática Alemana, sitúa el arranque de su Casandra, que publicó en 1983 y que Miguel Sáenz tradujo para Alfaguara en 1986. "El lenguaje del futuro sólo tiene para mí esta frase: hoy me han de matar", dice la adivina y, ante esa certeza, vuelve atrás, su memoria reconstruye cuanto pasó y su voz narra los horrores que le tocó vivir.

La novela es un largo monólogo. El tono de Christa Wolf, cargado de lirismo, la arrastra hacia los territorios de la auténtica tragedia, ahí donde lo peor ha sucedido y la vida continúa. Una manera de leer el libro es hacerlo como si se tratara de la meticulosa y exasperante crónica de una derrota, la que padecieron los troyanos frente a los griegos después de una cruenta guerra.

"¿Qué llamo estar viva? Lo que llamo estar viva. No retroceder ante lo más difícil, cambiar la imagen de sí misma", dice Casandra. Y de eso da cuenta la historia que narra. De sus mudanzas, de muchacha a sacerdotisa; de los brutales cambios que se operan durante una guerra; de las transformaciones a las que obliga la derrota y el exilio. Casandra habla del miedo, y habla de la muerte a la que se dirige. Su voz sigue direcciones diferentes, rememora episodios, recupera a los hombres y mujeres con quienes convivió ("Agamenón el imbécil", "Aquiles la bestia"), se sumerge dentro para saber la verdad de sus afectos. "Es verdad que me llamaban hermosa, lo sé, incluso la más hermosa, pero seguían serios al decirlo", explica. Todo el tiempo tratada con la distancia que imponía su saber. Ese saber inútil ante el poder, apartada siempre, marginada por sus visiones que revelaban lo que iba a ocurrir y que todos preferían ignorar.

En un momento, ya todo está perdido. La guerra es inevitable. El horror se desata sobre Troya, y Casandra observa desde el templo de Apolo cómo la tierra que tanto había amado se llena de cadáveres. No tarda en asistir a la brutal muerte de su hermano Troilo, cuando Aquiles, en una brutal representación del furor de la violencia, le separa de un tajo la cabeza. Pero la narración de Christa Wolf permite que Casandra avance y retroceda. Y poco a poco va haciendo una brutal disección del poder. Nunca llegó Helena a Troya, cuenta la Casandra de la escritora alemana; se quedó en Egipto, pero aun así hubo guerra. Y llegaron, una tras otra, las humillaciones. Vio cómo sacrificaban a su hermana Políxena, supo del terrible destino de Briseida, se encontró con su hermano Héctor poco antes de que saliera para librar su último combate frente a Aquiles. Anquises, el rey Príamo, el dolor de su madre Hécuba, la fiereza de Pentesilea, su incómoda relación con Pántoo, su cautiverio cuando se enfrentó a los designios de los suyos, el dolor de ser violada por el Pequeño Ayax...

Pudo quizá haberse salvado en el último momento. Entonces, cuando los guerreros griegos iban a salir del caballo en el corazón de la ciudad para destruirlo todo, y Eneas había decidido partir con unos cuantos para fundar en algún lugar lejano una nueva Troya, y le pidió que fuera con él. "No tengo que quedarme por Troya; Troya no me necesita. Sino por nosotros. Por ti y por mí", le dijo Casandra. Y luego le explicó: "No puedo amar a un héroe. No quiero presenciar tu transformación en estatua".

Se quedó. Fue entregada a Agamenón. Y supo que habría de morir en manos de Clitemnestra. Y una vez más, nadie hizo nada por salvarla.

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