Grecia en el alma


Arístides Mínguez | El antro de la arpía www.lacolumnata.es 23/04/0213

Cuenta Ovidio en sus Metamorfosis (VIII, 611-724) la historia de Filemón y Baucis. Cierto día, Zeus y su hijo Hermes deciden bajar del Olimpo, para observar de cerca cómo viven los hombres. Toman una apariencia humana, vestidos con andrajos como mendigos. Van llamando a las casas que se encuentran a su paso en busca de cobijo o un mendrugo de pan. De todas son echados con improperios. Agotados por su deambular y desolados por la impiedad de los humanos, ven aproximarse la noche. A lo lejos divisan una mísera cabaña, de barro y techos de paja, alzada en lo alto de una colina. Allá se encaminan para implorar que los dejen pernoctar, sin muchas esperanzas, visto lo visto.

En la paupérrima cabaña habitan un par de ancianos, Filemón y su esposa Baucis. Cuando a ella llaman los supuestos mendigos, los ancianos les hacen entrar y les ofrecen acomodo en los dos únicos taburetes que tenían, donde estaban a punto de sentarse a cenar. Baucis saca de un destartalado arcón un tosco tejido, el único bien que poseían, para cubrir los asientos y que sus huéspedes se sientan más cómodos. Les sirven a los andrajosos viajeros las humildes viandas que tenían para cenar ellos, dispuestos a quedarse en ayunas para agasajar a sus invitados. Baucis les adecenta a los invitados su único lecho y tiende para ella y su marido una estera en el suelo, en la que están dispuestos a dormir los dos.

Entretanto, Filemón atiende solícito a sus huéspedes y llena sus toscos vasos de barro con el único vino que tiene en su jarra. Sorprendido, observa que la jarra de la que sirve a sus invitados nunca se vacía, sino que se llena de modo inexplicable. Sospecha, entonces, el anciano que está delante de dos inmortales y se avergüenza del humilde condumio que les ha ofrecido. Apurado, decide echar mano al ganso que los suministra de huevos como única fuente segura de proteínas y se dispone a sacrificarlo en honor de los invitados. El ganso escapa y corre a refugiarse en el regazo de Zeus. El dios lo hace desistir de su intención.

Los dioses agradecen a los ancianos su hospitalidad y anuncian que van a castigar al resto de sus vecinos por su impiedad, pero que a ellos les perdonarán sus vidas y se muestran dispuestos a concederles un deseo. Filemón y Baucis solo necesitan mirarse unos instantes a los ojos para ponerse de acuerdo: quieren que su humilde cabaña sea convertida en un templo dedicado a los dos dioses, que ellos se queden como guardianes del mismo y que, cuando venga a sorprenderlos la Parca, mueran los dos al mismo tiempo. Sus deseos se vieron cumplidos. A su muerte, Zeus los convirtió en árboles que se inclinan siempre el uno hacia el otro: a Filemón, en roble, y a Baucis, en tilo.

Zeus se asignó, entre otras atribuciones, el papel de Xenio, el protector de la hospitalidad, presto a castigar cualquier acto cometido contra un extraño.

Cuenta el prestigioso helenista Carlos García Gual que la Odisea, aparte de ser un ‘nostos’, un poema que canta el regreso de Odiseo a su Ítaca, es un poema de hospitalidad. Ésta es para el pueblo griego un deber casi sagrado, y los únicos que no cumplen con él son los asalvajados e incivilizados cíclopes, como Polifemo, que se mofa de este mandamiento y devora a varios compañeros de Ulises. Como nuestro Wertfemo, que, ingrato y soberbio, olvida todo lo que Grecia y el griego le dieron (y le pueden seguir dando) a nuestra sociedad y pretende borrarlo del mapa educativo.

A principios del mes de abril, cuatro responsables del vídeo Gracias, Grecia, producido por la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG), con guión de Alfredo López y de esta mísera arpía, bajo la dirección y edición del bardo Pedro Pruneda, embarcamos a once compañeros más rumbo a Grecia. Queríamos contribuir con nuestros ya recortados sueldos a recuperar algo de la maltrecha economía griega.

Lo que iba a ser un mero viaje cultural y turístico en busca de las fuentes que nos hicieron Europa acabó convertido en un conmovedor gesto de generosidad, de nobleza del pueblo heleno.

Sin saber aún cómo, el humilde vídeo, grabado en homenaje a la madre Grecia en el IES Ingeniero de la Cierva, de la pedanía murciana de Patiño, llegó al país heleno, conmovió el alma herida y humillada por Europa de la nación hermana y llegó a todos los medios nacionales.

Ya nos habían llegado centenares de mensajes de agradecimiento desde el país balcánico. Ya habíamos establecido una relación de amistad epistolar con varias personas, pero jamás pensamos que la noticia de nuestra visita despertara tantas emociones.

Antes, incluso, de nuestro viaje y conociéndonos sólo por nuestro vídeo, el joven realizador Stathis Athanasiou, un alma clarividente y llena de genio, puso a nuestra entera disposición, para aquellos de nosotros que andaban peor de peculio, su casa.

Son tantas las historias, los ejemplos de cobijo en su alma que nos dieron algunos griegos que nos dejaron marcado a fuego el ánimo; como Ioannis Alevizos, que se acercó al hotel que teníamos contratado tan sólo para darme un fugaz abrazo y obsequiarme con dos libros y un CD de Kavafis, precisamente en el año en el que se conmemora su ciento cincuenta aniversario; como Yola Kaskouti, que sobrevive en su Kalamata, al pie del mítico monte Taigeto, en el que los espartanos abandonaban a los más débiles o deformes de sus hijos, dando clases particulares de español, y se calzó los doscientos cincuenta kilómetros que la separaban de Atenas únicamente para conocernos, trayendo consigo un hermoso icono de la patrona de su ciudad y un paquete cuajado de ‘lalaia’, una especie de rosquillas hechas con harina y con el afamado aceite de Kalamata, al que ella, graciosa, ufana, califica como el mejor del mundo. O como el profesor de español Basilio Jorge Tsoukis, que tuvo la delicadeza de remitirme a mi instituto un libro y un CD con música propia que, por desgracia, aún no he tenido la paz necesaria para saborear.

Difícil olvidar el gesto del joven conductor del microbús que contratamos para adentrarnos en el Peloponeso, siguiendo las huellas de los mitos, que en aquellas tierras dejan de ser leyendas y cobran cuerpo y alma. Difícil olvidar al conductor Vasilis Kokkotos, nacido y criado en Nueva York, formado en Londres y en Italia, que, al ver cómo una de las integrantes de nuestra comitiva pasaba un mal trago, paró en cuanto pudo su vehículo y bajó a una pastelería a obsequiarla con una caja de deliciosos dulces para ayudarla a olvidar sus amarguras.

En Grecia nos enseñaron con su ejemplo una nueva y hermosa palabra: ‘filoxenia’, el amor al huésped, al extraño, todo lo contrario a la xenofobia, que peligrosamente se está extendiendo por toda Europa, el país heleno incluido.

Fuimos abrazados en su hogar por el cobijo de Pedro Olalla, uno de los helenistas más prestigiosos, y su esposa, que ama y sufre Grecia tanto como aquél. Entrañable aquella velada al son de los pistachos de Egina y el vino de Nemea. Estremecedor el momento en que Pedro nos leyó, de su libro Historia menor de Grecia, con su prosa preñada de lírica, el discurso fúnebre que Pericles, el mayor estadista ateniense del siglo V a. C., pronunció ante el túmulo que albergaba las cenizas de los caídos en una de las batallas de la Guerra del Peloponeso.

Me faltan las palabras para describir lo que nos hicieron sentir, al día siguiente, Olalla y su esposa, Rosario Carrillo, una griega sevillana, cuando nos acompañaron por las colinas fronteras con la Acrópolis y que casi ningún turista conoce. Con ellos percibimos las sonrisas de las Musas, ocultas a las miradas mortales entre la fronda. Con ellos descubrimos cómo la religión ortodoxa había cristianizado, erigiendo una magnífica basílica, el lugar donde las atenienses paganas embarazadas se deslizaban por un tobogán excavado en la roca, a fin de que la divinidad las protegiera de los malos trances en el parir.

Sentados en un ribazo de la Pnyx, con la Acrópolis de fondo, Pedro nos desgranó los principales hitos de la democracia, nacida precisamente en aquellos parajes que ahora hollábamos. De él bebimos principios esenciales de la primigenia democracia, como el de la isonomía, concepto que significa que todos, absolutamente todos, sin distingos ni inmunidades, eran iguales ante la ley y que debían rendir continuamente cuenta de sus actuaciones y decisiones ante sus iguales. Igualito, igualito que hoy en día con sus triquiñuelas varias para blindarse algunos politicastros: no me extraña que cierto sector de la carcunda política se empecine en borrar del mapa educativo el Griego, la Filosofía y la Cultura Clásica. No vaya a ser que a la ciudadanía le dé ahora por recuperar varios de los arcanos principios de la democracia, pura y dura, tal y como nos la legaron los atenienses.

Jamás podrá borrar mi memoria las sensaciones experimentadas mientras charlaba con Rosario, recorriendo la barriada donde vivieran Pericles y Aspasia, la antigua hetera, que escandalizó a la sociedad de su época casándose con el estadista y subyugó a muchos filósofos e intelectuales por su inteligencia y habilidades políticas y retóricas. Mientras pateábamos el antiguo camino que comunicaba la ciudad, con su puerto, el Pireo, gozando de las vistas del mar a nuestro frente y la Acrópolis a espaldas nuestras.

Es un lujo compartir los rincones de Atenas con Olalla, pues se conoce cada rincón, cada piedra, no sólo de la capital, sino también del país. Un sueño que algún día conseguiré realizar, si los dioses me dan vida y nuestros arteros gobernantes no siguenrecortándonos, es recorrer Grecia llevando como guía su libro Atlas mitológico de Grecia, donde el asturiano deja constancia de su filohelenismo, de su poesía tanto con el teclado como con el objetivo de su cámara.

Grecia, ese país donde cobran vida las leyendas. Donde uno puede visitar las imponentes ruinas de la Acrópolis de Micenas, protegidas por la escultura más antigua tallada en Europa, sintiendo el aliento de Agamenón y las maldiciones que los dioses vertieron sobre la familia de los Atridas. Pero para llegar allí ha tenido que pasar por lugares como Corinto, donde Medea matara a sus propios hijos para vengarse de su esposo y de donde echaron a pedradas a San Pablo por querer fastidiarles el negocio a los sacerdotes que regentaban el templo, en el que se prostituían más de mil jóvenes en honor de la diosa Afrodita. Uno cruza por Nemea, por Lerna, en los que Heracles llevó a cabo alguno de sus doce trabajos.

Uno pierde el aliento cuando llega al teatro de Epidauro y lo degusta, majestuoso, imponente, encaramado en una colina, con todo su graderío tallado en la misma y con capacidad para más de doce mil personas.

Ay, Grecia, madre Grecia, donde el mar te besa por doquier, pues por algo es el país europeo con más kilómetros de costa y está sembrado de islas. Para hacerlo más suyo al Mediterráneo, los helenos llamaron Jónico al pedazo de mar que quedaba a occidente del cabo Sunion y Egeo al que queda al oriente.

El cabo Sunion, desde cuya cima, coronada por las ruinas de un delicioso templo consagrado a Poseidón, se puede paladear una de las más espectaculares puestas de sol que mis ojos hayan gozado. Y en una de sus columnas guarda un autógrafo de Lord Byron, que acudiera a disfrutar de estos ocasos antes de dar su vida por la libertad de la Hélade en su lucha contra la ocupación otomana.

He de volver de nuevo a tocar el tema de la filoxenia, de la hospitalidad para el extranjero, que, en alma propia, he podido comprobar que sigue siendo sagrada para los griegos de hogaño. El papel de Zeus Xenio lo encarnó para nosotros Daniel Counio, Presidente de Honor del Rotary Club Athenes Elysée, que, junto con los jóvenes del Rotaract Athenes Elysee y algunos socios del Rotary Club Agia Paraskevi, se erigieron en nuestros cicerones y nos agasajaron con dos cenas de hermandad hispanohelena. Inolvidables por la calidad humana de nuestros anfitriones, que se dejaban la piel por agradecernos la inyección de moral que nuestro humilde vídeo significó para ellos todos.

Por mediación de Daniel y sus Rotary pudimos gozar el recorrer las entrañas de la Acrópolis con una arqueóloga que estaba trabajando allí, desentrañándonos los misterios recónditos que guarda el emblema de Atenas. Fueron Daniel y los suyos también los que nos consiguieron una recepción con el Ministro de Cultura, que en realidad fue una multitudinaria rueda de prensa, donde Pedro Pruneda, el director del vídeo, José Miguel Martínez, que ofició de traductor, y esta mísera arpía, nieta de taberneros y recolectores de limones, nos vimos abrumados, a la vez que honrados por la expectación que despertó nuestra presencia.

Ya por la mañana, por mediación de nuestros amigos de la agencia de noticias Ellines.com, habíamos sido recibidos por el Ministro de Asuntos Exteriores, en cuyo Ministerio también fuimos bienhallados por el embajador, Dionyssios K. Kodellas, quien se desvivió por hacernos sentir como en nuestra propia casa en cuanto se dio cuenta de que estábamos algo turbados en tan imponente lugar. Las arpías no sabemos movernos en tan altas instancias y por ello agradezco doblemente la hombría de bien del señor Kodellas.

Han sido tantas las experiencias, las emociones que Grecia nos ha regalado… Como aquella conversación, demasiado fugaz para nosotros, con otro de nuestros anfitriones, el ya citado Stathis Athanasiou. Él nos desgranó la terrible situación que está viviendo el pueblo griego a causa de las draconianas medidas tomadas por el Gobierno conservador, por imperativo de la Merkel y los otros gerifaltes de la Troika. Una situación que está asfixiando literalmente a miles de helenos, que a veces pasan varios días sin nada que llevarse a la boca, con un malestar social ‘in crescendo’, que las autoridades intentan ahogar con una apabullante presencia policial, con agentes armados hasta los dientes y protegidos con chalecos antibalas casi en cada esquina.

¿Cuándo se van a dar cuenta nuestros gobernantes de que los mediterráneos estamos hartos de sentirnos menospreciados y humillados por los de Bruselas y sus adláteres? ¿Cuándo se van a dar cuenta de que, si queremos salir airosos de esta crisis, hemos de unir fuerzas los pueblos meridionales y plantar cara a las hordas teutonas, unidos, a una? ¿Cuándo van a dejar de despreciarnos los del Norte y envidiar nuestro sol y nuestras playas, pero minusvalorando nuestra cultura, nuestra forma de vida? Ya me gustaría a mí ver a algún germano u holandés trabajando en un campo con cuarenta grados a pleno sol o soportar un aula repleta de sudorosos adolescentes, a treinta y cinco grados y sin aire acondicionado.

Puede que hayamos obrado mal, sobre todo eligiendo a los políticos que nos han gobernado, confiando la economía del país a empresarios y banqueros sin preparación ni más intereses que su usura. Pero la paciencia de un pueblo tiene su límite. El sentirte humillado y despreciado por los que se arrogan el derecho de representar a Europa ha hecho que los griegos recibieran con tanto entusiasmo un vídeo en el que no se le echaban en cara sus pecados, sino que se les agradecía lo que por todos nosotros habían hecho. En el que que se decía que sin ellos no seríamos lo que somos, que contamos con ellos para salir juntos de una crisis, que no son un problema, sino parte de la solución para salir del pozo, una vez despojados de todos aquellos vicios y personas que los arrojaron a él. Exactamente igual que nos sucede a los hispanos.

Por ello, si queréis vivir en vuestra piel lo que es la hospitalidad, disfrutar de una de las mejores comidas de Europa, gozar de parajes llenos de leyenda e historia, bañaros en aguas de zafiro, cantar la alegría de estar vivos y sentirse orgullosos de ser mediterráneos, no lo dudéis: visitad Grecia. Ahora que nos necesitan tanto como nosotros los necesitamos a ellos.

Comprenderéis, entonces, por qué los dioses eligieron la Hélade para vivir en ella.

FUENTE: http://lacolumnata.es/politica/el-antro-de-la-arpia-politica/grecia-en-el-alma

ENLACES:
•Arístides Mínguez: “Si se deja a una sociedad sin raíces, corre el peligro de desmoronarse”  (Entrevista de Osmary Guevara a Arístides Mínguez sobre el vídeo ‘Gracias, Grecia’)
•Video de la TV de Murcia sobre el viaje "Gracias, Grecia" 19 de Abril de 2013. Arístides Mínguez y Pedro Pruneda en Rne