Irene Vallejo: “Escribí este libro con la libertad que te dan las pocas expectativas”

Irene Vallejo. Foto: GETTY IMAGES

Karina Sainz Borgo zendalibros 15 de abril de 2020

Esta entrevista debía celebrarse en ese otro mundo que antecedió al 16 de marzo de 2020, pero llegamos tarde. No fue posible encontrarnos: la expansión del Coronavirus y la imposición del confinamiento se interpuso en nuestra conversación de la misma forma en que lo hizo en la vida de millones de españoles.

Gracias al teléfono, es posible dar un rodeo a la circunstancia de la epidemia para conversar con Irene Vallejo (Zaragoza, 1979), autora El infinito en un junco (Siruela), un ensayo que revolucionó a libreros, lectores y críticos literarios y que ya suma diez ediciones, además de reconocimientos como el Premio Ojo Crítico de Narrativa 2019 y la rendición unánime de la crítica literaria.

Hablar de fenómeno con el libro de Irene Vallejo es injusto. No hay casualidad o carambola en su talento, porque su sentido de la palabra es claro y certero, y el uso de la prosa lo suficientemente aventajado como para convertir en relato una historia que a muchos puede resultar abstracta.

Vallejo conoce tan de cerca la literatura, la respeta y la ama tanto, que es capaz de entender la invención de los libros en el mundo antiguo como una aventura, incluso como una épica. Es algo que transmite desde las primeras páginas de este libro. Por eso toma la decisión de contar esta historia como sólo los buenos escritores saben: eligiendo el tono preciso.

El infinito en un junco puede ser un libro de viajes o de aventuras. Es una bitácora que permite al lector estar en la primera línea de lo que ignora. Irene Vallejo entra en la piel de los buscadores de libros en los caminos de una Europa convulsa y sigue a los jinetes que cabalgan en las tierras más peligrosas de Grecia con tal de cumplir la misión que les ha encomendado el rey de Egipto: buscar todos los libros del mundo para construir su gran biblioteca de Alejandría.

Este libro comienza ahí donde lo hacen las cosas maravillosas: en lo esencial. El junco de papiro que hunde sus raíces en las aguas del Nilo, un tallo que tiene el grosor del brazo de un hombre y con el que los egipcios descubrieron que podían fabricar hojas para la escritura. El papiro en el que durante siglos los hebreros, los griegos y luego los romanos escribieron. La sencillez de hecho marca el desarrollo de un libro en el que cada hallazgo sobre la sed de libros acrecienta la nuestra por seguir leyendo. Pasarán los años y El infinito en un junco estará junto a El mundo de Sofía. Es ya un clásico contemporáneo.

Formada en un hogar en el que los libros lo eran todo, Irene Vallejo estudió Filología Clásica. Se doctoró con una tesis sobre el canon literario grecolatino por dos universidades, la de Zaragiza y l’Università degli Studi di Firenze. Docente, divulgadora, periodista, novelista y ensayista, Irene Vallejo suma la mayor cantidad de puntos de vista posible sobre la lectura y lo literario, que explica en esta conversación con la misma claridad, lucidez y belleza con la que lo hace en las páginas de El infinito en un junco, cuyos derechos de traducción ya alcanzan las 25 lenguas y suma cada día más lectores.

—¿A qué atribuye el éxito de El infinito en un junco? ¿Por cuál edición va ya?

—La décima edición la lanzamos antes de toda esta debacle. Lo que está pasando con este libro desborda mis fantasías más desenfrenadas. Nunca lo hubiese imaginado. Lo escribí a la intemperie, sin saber qué editorial lo iba a publicar y con la impresión de que sería un grupo pequeño de apasionados de los libros quienes lo leyeran. Pensé que sería algo minoritario, un asunto de un pequeño clan y de gente muy peculiar. Eso me dio una enorme libertad para escribirlo. La libertad de las bajas expectativas.

—Un viaje, el de los buscadores de libros. Avanza encadenando capítulos que actúan como relatos. ¿Cuál es la naturaleza de este libro?

—Para mí era un experimento con los límites del ensayo como género. Quería llevarlo al territorio fronterizo con la narrativa. Era una especie de intuición que tenía desde los tiempos en que daba clases. Cuando un alumno no había estudiado nada y se presentaba al examen esperando una iluminación repentina, tenía que intentar recordar lo escuchado en clase. Casi siempre se acordaban de las anécdotas, narraciones, personajes y con el rostro humano de la explicación. Es lógico que lo hicieran así. La humanidad ha transmitido el conocimiento a través de la oralidad. Introducir el conocimiento dentro del envoltorio de un cuento es la mejor manera, en lugar de usar explicaciones abstractas. Así que pensé: «Voy a construir mi ensayo como una cadena de narraciones, sin esa dosis severa de teoría». Así que cree un híbrido entre la estructura de Las mil y una noches y el ensayo, a ver si puedo llevar la no ficción al esquema de los cuentos, del Decamerón. Me parecía una idea tan experimental, así que lo hice.

—Incluso la extensión y el ritmo de los capítulos remite a la oralidad, a la narración de pequeñas aventuras dentro de una mayor.

—Está muy pensado el estilo y el tono de la voz narradora para crear una sensación de proximidad y de que alguien te habla directamente. Hay una simulación de oralidad. El libro es un gran homenaje a la oralidad. De la oralidad sabemos poco: existieron muchos libros de narración oral, pero están prácticamente desparecidos. Es una paradoja que comenzáramos a conocer la oralidad cuando se puso por escrito. La oralidad es un continente desconocido, al que sólo podemos acercarnos parcialmente, pero es el origen de todo.

—Citando a Umberto Eco, dice que el libro es como la rueda y la cuchara: nunca desaparecerá. Pero los datos muestran que se lee poco. ¿Con qué nos quedamos?

—Empecé a escribir este ensayo cuando estábamos en el apogeo apocalíptico con la supuesta sustitución que haría el libro electrónico del papel. También aquello de que la novela está en una situación terminal. Estamos constantemente decretando el fin de las cosas, y yo, con mi perspectiva histórica, tenía otra percepción mucho más optimista. Esa fue la razón de escribir el ensayo. Si el libro ha sido una aventura maravillosa de salvar algo frágil, que pudo desaparecer en la nada y hemos conseguido la increíble hazaña de salvarlo y proyectarlo hacia el futuro, ¿cómo podemos pensar eso? Así que pensé: «Voy a contar una historia rebelándome contra el pesimismo e intentando que los que somos muy lectores nos sintamos parte de la estructura milenaria».

—Plantea la historia de los libros como una épica, con todos sus esfuerzos: copias, quemas, búsquedas, hallazgos… ¿Cuál es la épica actual en el mundo del libro?

—Ahora algunos de los más graves problemas ya están resueltos, gracias a la imprenta y la posibilidad de reproducir los libros. La amenaza de desaparición total de una obra ha sido superada gracias a la aparición del PDF. Cuando había inundaciones o ardía una biblioteca se perdían los ejemplares para siempre. Por fortuna, ese problema se ha solucionado.

—¿Y en la actualidad? ¿Cuál es el episodio que acorrala a los libros?

—Ahora hay más alternativas de ocio que las que nunca ha habido a lo largo de la historia: pantallas, ordenadores, plataformas… Además de todas las formas de ocio, ahora un lector tiene que elegir la lectura de forma consciente, dejando de lado otras actividades más fáciles, porque son más pasivas, sobre todo imágenes y vídeo. Leer nos exige más concentración y atención, unos bienes escasos en este nuevo mundo digital.

—¿Cuántos procesos se ponen en marcha al leer?

—Los que elegimos leer nos adentramos y entramos a formar parte de la creatividad de la obra. Cuando lees estás construyendo imágenes, recuperado recuerdos. Los neurólogos están interesados en el análisis del cerebro lector. Estudiándolo se han dado cuenta de que la lectura es una de las actividades que involucra más áreas cerebrales: memoria, capacidad para descifrar, la emoción, y es curioso, porque en el escáner de un cerebro leyendo podemos ver cómo cuando leemos que un personaje corre se activan las zonas del cerebro que rigen los movimientos. Cerebralmente supone vivir otra vida. El cerebro no distingue entre la realidad y la lectura. Estamos realmente viviendo otra vida cuando leemos. Es algo que nos hemos tenido que enseñar, la lectura es un invento.

—Asegura que su madre quiso enseñarla a leer y usted se negó, porque tenía miedo de que se burlaran. Toda lectura es un rito iniciático, ¿un paso hacia la adultez?

—En mi familia todo era libros. Mis padres hablaban de libros, leían periódicos, iban a las librerías… Para mí la lectura era un poder que tenían los adultos y que era indisoluble del hecho de ser adulto, porque no conocía a ningún adulto que no supiera leer. Me encantaba que me contaran los cuentos, y si aprendía ya no me los contarían más. Tenía miedo de aprender a leer antes porque esa aptitud la castigaban en la escuela, como le pasó al compañero que menciono en el libro. Quedan pocos analfabetos en el mundo. Los caracteriza una terrible sensación de soledad y exilio. La lectura está a nuestro alrededor, y si no eres capaz de leer te aíslas

—También ha mutado el analfabetismo, que ahora se expresa en la falta de comprensión.

—Pero siempre ha existido ese tipo de analfabetismo. Cuando en los estudios sobre estas cuestiones intentamos establecer una cifra en distintas épocas históricas no hay una línea divisoria. Se trata de una serie de peldaños. El que domina la técnica es capaz de descifrar las letras pero no comprende los contenidos. Eso está relacionado con muchos factores: dominio de vocabulario y lecturas… La ironía y el humor es el nivel más sofisticado. No todo el mundo es capaz de entender que una frase signifique lo contrario de lo que dice. Hay muchos peldaños, los expertos en lectura dicen que nunca he dejamos de aprender a leer. Leemos con todo el cuerpo, con la memoria y con toda la nostalgia por eso siempre aprendemos no podemos pretender que todos lleguen a ese nivel de sofisticación. Es una decisión libre que asumimos. Al pensar en la difusión de la lectura la clave es la familia, la diferencia de quien vive en una casa donde hay libros de la que no. Se gestan conversaciones radicalmente distintas. Hay quienes sólo disponen de la escuela y los estudios para encontrarse con la literatura, pero lo que en realidad influye es el entorno.

—Dedica un capítulo al libro como superviviente. Ya entonces estaba de actualidad, ahora mucho más. 

—Titulé ese capitulo muy conscientemente. Veo que siempre han estado en peligro, cercados. Es una de esas profesiones con una mala salud de hierro, en permanente zozobra. Siempre pensamos que están en peligro, pero sobreviven. Lo ves al leer La biblia en España, de George Borrow. Es una radiografía de las librerías en el siglo XIX español. Es espeluznante la situación de los libreros: historias de persecución y acoso o el riesgo de vender determinados libros. Evidentemente, estamos en un momento difícil y las librerías son diana de ataque.Es un negocio difícil, pero a pesar de todo están siempre ahí…

—Hasta que dejen de estarlo. Y las papeletas no son pocas para que así sea.

—Tengo una actitud muy activista. Siempre estoy diciendo que compren libros en pequeñas librerías. Es una forma de proteger nuestra libertad, porque los libreros opinan y recomiendan. Hay pequeñas editoriales que han salido adelante por el empeño personal de librerías, que han contado sus libros a los clientes. Esa es una cuestión de libertad. La librería es un lugar donde relacionarse, en un mundo donde domina la soledad y donde la gente está en el solipsismo de las pantallas. Es un fenómeno que producen los libros. Por eso creo que las librerías son muy importantes, contribuyen a la salud democrática.

—Vivimos un tiempo incierto, la enfermedad nos resitúa en un mundo que se ha convertido en otro… ¿Qué significa la palabra «libro» tras la pandemia?

—Es una idea que me ronda en estos días, y aunque suene muy anticervantino diría que serán cordura, porque si no nos hemos vuelto locos es por los libros. Si sólo estuviésemos recibiendo las noticias del exterior, encerrados en el pequeño espacio de las habitaciones, sería insoportable y nos volveríamos locos. Los libros son cordura, la necesaria posibilidad de escapar, y no lo digo como evasión o un dar la espalda, sino un salir de la espiral de la obsesión y tener pensamientos que nos ayuden a domesticar la angustia.

FUENTE: Zendalibros.com