Diez lecciones de los clásicos

Mosaico sobre Ulises del siglo III. Foto: © Wikimedia Commons

Alfonso Basallo, Nueva Revista, 8 de octubre de 2020

Piero Boitani sostiene que el legado de Grecia y Roma interpela al hombre contemporáneo

El autor, profesor italiano de literatura comparada y especialista en el mundo clásico, ha convertido en libro diez programas emitidos en la RSI, la radiotelevisión suiza, sobre otros tantos temas de la Antigüedad clásica. Se trata, por tanto, de una empresa divulgativa, que trata de explicar la vigencia, muchos siglos después, de obras imperecederas como la Ilíada, las Metamorfosis de Ovidio, los diálogos de Platón o los poemas de Safo. Y cómo ese legado ha contribuido a configurar la historia de Occidente y el mundo contemporáneo.

Siendo tan amplio y complejo el periodo de la Antigüedad clásica –quince siglos, desde Homero hasta Boecio–, prefiere ceñirse Boitani a los clásicos fundacionales de cada género: la filosofía (Sócrates, Platón, Aristóteles), la historia (Tácito, Suetonio), la tragedia (Esquilo, Sófocles), la novela (la Odisea), etc. El resultado es un compendio de autores y obras que han marcado la cultura occidental a lo largo de los siglos.

  1. LA ILÍADA : LA FUERZA, LA PIEDAD Y LA BELLEZA

Define el autor a la Ilíada, como «el primero y tal vez el poema más grande de Occidente». Atribuido al primer Homero (por distinguirlo del segundo, el de la Odisea), narra la guerra de Troya y la lucha de los paladines Aquiles, Ulises y Agamenón en el lado griego, y Héctor y Paris en el lado troyano, tras el secuestro de Helena.

Donde concentra Boitani los valores del poema homérico, esto es «la fuerza, la piedad y la belleza», es en el canto XXIV, en el que Príamo, el anciano rey de Troya, reclama el cadáver de su hijo Héctor a Aquiles, que lo ha matado en singular combate.

El irritable Aquiles está a punto de estallar, pero su ira se aplaca cuando acepta el rescate que le ofrece Príamo, ordena lavar el cadáver de Héctor y se sienta a cenar con el rey troyano. Este se asombra «ante el tamaño y belleza» de Aquiles, «que se asemejaba a los dioses»; y Aquiles observa el «noble semblante» de Príamo. Señala Boitani que «un profundo asombro se apodera de los dos» como si «ahora, después de la muerte, se produjera el descubrimiento del otro, y ese descubrimiento consistiera antes que nada en volver a ver la belleza en un ser humano». Porque la Ilíada, «el poema de la fuerza y la piedad, es también un canto a la belleza».

  1. LA ODISEA: EL DESCUBRIMIENTO DE PENÉLOPE

En el caso de la Odisea, que el autor califica como la no- vela del regreso, se subraya algo ya conocido: se trata de «la primera y más fascinante novela que conoce la tradición occidental». Y destaca su carácter épico, la complejidad de su estructura, la fuerza y variedad de sus personajes (Ulises, Nausícaa, Circe, Calipso, Polifemo), los escenarios fantásticos, etc.

También es conocido el carácter humano del héroe, que rechaza la inmortalidad que le ofrece la ninfa Calipso, y prefiere regresar a Ítaca, junto a su esposa, Penélope, «una mujer envejecida y mortal». Y subraya Boitani que lo que Ulises persigue es «una felicidad completamente humana –la única posible en la tierra– de una vida familiar: casa, mujer, padre e hijo».

Pero Diez lecciones sobre los clásicos aporta una perspectiva original: la presencia femenina de la Odisea, más «numerosa y fundamental» que en ninguna otra obra literaria antigua. Y dentro de ella, a Penélope, que se identifica con Ulises, en el canto XIII, cuando le reconoce, tras regresar a Ítaca. Boitani explica que este no solo es el poema de Ulises sino también el de Penélope, de suerte que los versos referidos al héroe, al llegar a casa, después de «sobrevivir a los naufragios y tener el cuerpo cubierto de salitre», se pueden aplicar metafóricamente a ella misma. «También ella ha huido del naufragio y ahora toca tierra con alegría».

  1. EL ASOMBRO, ORIGEN DEL MITO

Boitani explica que con la Teogonía, Hesíodo (siglo VIII a.C.) trasplanta a Grecia la explicación del Génesis sobre el origen del cosmos, con elementos de las culturas egipcias y sumerio-babilónicas. Arranca así el capítulo dedicado a la aparición del mito y la poesía. Establece un paralelismo entre el comienzo del universo y el comienzo del canto y de la poesía.

Hesíodo escribe también Los trabajos y los días. Si la Teogonía se ocupa del principio del universo, la segunda se centra en el mundo humano y su destino. La huella de Los trabajos y los días se extiende hasta las Geórgicas de Virgilio, ocho siglos más tarde.

Se pregunta el autor: ¿cómo pasa la cultura griega del mito a la filosofía?, ¿cómo salta de Homero y Hesíodo a los presocráticos, y luego a Sócrates y a Platón? Establece una conexión entre poesía y pensamiento, al subrayar que «el mecanismo que dispara el amor por el saber es siempre el mismo: el asombro ante las cosas que no conocemos». De hecho, el filósofo es, en cierto modo, «filomito, es decir amante del cuento fabuloso, del mito, lo cual es propio de los poetas».

  1. HERÓDOTO, PADRE DE LA HISTORIA, MICRO Y MACRO

El primer historiador de la Historia fue el griego Heródoto (siglo V a. C.), con una obra que abarca ochenta años, desde la subida al trono del rey Ciro hasta la batalla de Micala, que puso punto final al conflicto de griegos y persas. Aunque incluye digresiones sobre las costumbres de los escitas o de los egipcios, o comentarios sobre geografía o mitología.

Boitani destaca las descripciones de batallas (Maratón, Salamina, las Termópilas) o la riqueza de datos variados que ofrece Heródoto, «no hay detalle que se le escape o que no quiera conocer, hasta el punto de que podríamos considerarlo con pleno derecho no solo el padre de la Historia, sino también el padre de la microhistoria».

Completa el capítulo con Tucídides (siglo VI a.C.), el otro gran historiador griego que, a diferencia del primero, no busca las causas de los acontecimientos en los mitos o los dioses, sino en la acción humana, y aborda los hechos de la forma más objetiva posible, como hace en La guerra del Peloponeso. La posteridad debe, por ejemplo, a Tucíddes la primera descripción de la peste, «la enfermedad que volverá en las páginas de Bocaccio, de Manzoni y de Camus», cuando la epidemia se declara en Atenas.

  1. JUSTICIA: LAS LEYES NO ESCRITAS DE LOS DIOSES

Nada escapa al hado, al destino. Esta es la idea central de la Orestíada de Esquilo (siglo V a.C.), (trilogía compuesta por Agamenón, Las coéforas y Euménides). Es la idea que marca –para el autor– el nacimiento de la tragedia griega. En el comienzo de la trilogía se cuenta que el rey Agamenón, a su regreso de la guerra de Troya, muere asesinado por su esposa Clitemnestra y su amante. Y su hijo Orestes decide vengarse y castigar a los asesinos de su padre. La Moira, el destino y la Némesis, la venganza, son los ejes de esta y de las demás tragedias.

La trilogía apunta, entre otros temas, al problema de quién establece las leyes y si es obligatorio respetarlas aunque sean injustas. Asunto que retoma Sófocles (siglo V a.C.) en Antígona. La joven desafía al rey Creonte que no permite que entierren al cadáver de su hermano Polinices. Antígona apela entonces a una norma inmutable, las leyes no escritas de los dioses, para poner en cuestión la ley de Creonte.

¿Cuál de las dos justicias debe prevalecer? Es la gran pregunta que llega hasta Hegel. Boitani plantea si es justo obedecer las leyes del Estado cuando «tales leyes –incluidas las del inhumano exterminio judío– son un decreto del partido nazi o es más justo rebelarse y actuar según la conciencia y la naturaleza de los seres humanos?».

  1. PROMETEO, EL PRECIO DEL CONOCIMIENTO

Piero Boitani le dedica un segundo capítulo a la tragedia griega, centrándose en el conocimiento. Parte del mito de Prometeo, el titán que robó el fuego sagrado de los dioses para dárselo a los hombres, razón por la que Zeus le castigará a vivir encadenado a una roca, mientras un águila le devora el hígado. El Prometeo de Esquilo aborda una cuestión apasionante: si la civilización humana surge por donación divina o por las cualidades intrínsecas de la especie. Es decir, si ante el origen del conocimiento en la humanidad la respuesta es religiosa o científica.

En la obra de Esquilo le está vedado al hombre primitivo el conocimiento –y eso lo remedia Prometeo entregándoles el fuego que permitirá el desarrollo y el progreso–, del mismo modo que en el Génesis, Dios prohíbe a Adán y Eva que coman del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal.

Al conocimiento se llega por el sufrimiento. Y recurre Boitani al ejemplo trágico del Edipo de Sófocles, un personaje que se adelante dos milenios a la novela policiaca al indagar sobre un crimen, que a la vez está en su propio origen. Al final, «el detective resulta ser el criminal»: el propio Edipo que, sin saberlo, mató a su padre, Layo, y cometió incesto con su madre, Yocasta.

  1. MUERTE Y LOGOS: NACIMIENTO DE LA FILOSOFÍA

No podía faltar la filosofía en estas Diez lecciones. El autor pasa revista a los tres grandes: Sócrates, Platón y Aristóteles. Y el punto de partida es la muerte. En el caso de Sócrates (siglo v a.C.), la escena final de su vida marca para el autor el nacimiento de la filosofía. La justicia, el conocimiento, la reflexión (conócete a ti mismo), el buen ejemplo ante los jóvenes y el sentido de la muerte…, son cuestiones candentes que aborda esas escenas finales de la vida de Sócrates, descritas por su discípulo Platón.

Este último comparte con su maestro, la demostración de la inmortalidad del alma. De Platón (siglo IV a.C.) destaca Boitani la grandeza y sabiduría de diálogos como el Fedón o el Timeo, sus intuiciones filosóficas, su calidad literaria y su aproximación a la belleza, a través de la cosmología: «el homo no sería sapiens, si no hubiera podido mirar a las estrellas», subraya Boitani, glosando la obra de Platón.

Finalmente, destaca en Aristóteles (siglo IV a.C.) su genio enciclópedico, abarcador de todos los saberes, con el que suple la falta de carisma poético –que tenía en cambio Platón–; su aproximación atenta y desprejuiciada a la realidad, su amor a la sabiduría («Todos los hombres desean por naturaleza saber», frase con la que empieza la Metafísica), y también que sea capaz de desvelar las claves del comportamiento con la Ética a Nicómaco, el primer gran tratado sistemático de Ética, con la felicidad como brújula.

  1. LOS ECOS DE SAFO LLEGAN HASTA LA MODERNIDAD

En el capítulo dedicado a la lírica, el autor destaca la fuerza y expresividad de Safo (siglo VI a.C.) o de Mimnermo y sus intuiciones poéticas sobre la alegría del amor o el pesar por la caducidad de la vida. «Cuando leemos a Mimnermo –escribe– ahora, en el siglo XXI, algunas veces tenemos la impresión de oír a Bob Dylan o a Leonard Cohen, porque los temas de sus elegías son los que todavía cantan ellos».

Boitani nos descubre a vates como Alcmán (siglo VII a. C.) al que califica como «uno de los poetas líricos más grandes de todos los tiempos». Natural de Esparta, Alcmán era uno de los nueve representantes del canon de Alejandría, los otros ocho son Safo, Alceo, Anacreonte, Estesícoro, Íbico, Píndaro, Simónides de Ceos y Baquílides.

El autor pasa revista a varios de ellos y se detiene luego en Píndaro (siglo V a.C.) analizando su poesía en el contexto de los Juegos Panhelénicos, de los que fue poeta. Su obra, no fácil de entender, es, para Boitani, «una ética de la belleza, de la justicia y de la verdad». Píndaro refleja en su poesía que «la Cháris –la gracia, la belleza, el esplendor, el favor– rige la existencia».

  1. LOS HISTORIADORES QUE FORJARON ROMA

Un militar griego, Polibio (siglo II a.C.), vencido por Roma y capturado, se pregunta cómo una pequeña aldea de pastores junto al Tíber había llegado a dominar el mundo conocido y durar tanto tiempo. Y por eso decidió escribir la Historia de Roma. Esa misma pregunta es la que guió a otros historiadores a narrar la creación y triunfo de Roma, «aventura única en el mundo antiguo, y luego en el medieval y moderno».

La invención de Roma es un asunto de militares, esta- distas, juristas e ingenieros, pero también de los historiadores que describieron la vida de los césares.

Boitani pasa revista a Virgilio (siglo I a.C.), que compuso la Eneida a la mayor gloria del emperador Augusto, inspirándose en la Odisea (al contar en la primera parte el errar de Eneas tras la guerra de Troya), y en la Ilíada (al contar cómo conquista el Lacio). Y después a autores que sin pretensiones poéticas hacen historia basándose en hechos: Tácito (siglo I d.C) (con los Anales), Julio César (siglo I a.C) (con La guerra de las Galias) y Salustio (siglo I a.C.) (con La conjuración de Catilina y La guerra de Yugurta).

La invención de Roma –concluye– es un asunto de militares, estadistas, juristas e ingenieros –que llenaron el mundo conocido de calzadas y acueductos–; pero también de los poetas que cantaron las glorias del Imperio y de los historiadores que describieron la vida de los césares, «sin omitir abusos, crímenes y corrupción».

  1. OVIDIO: NADA PERECE, TODO CAMBIA

Si Virgilio es el gran poeta del emperador Augusto; Ovidio (43 a.C.-17 d.C.) es más ambicioso y se remonta «al principio del mundo», describiendo una creación con personajes mitológicos, pero que recuerda al libro del Génesis de la Biblia. Los quince libros de su Metamorfosis narran la historia del mundo hasta Julio César, al que deifica convirtiéndole en cometa. El leitmotiv son las transformaciones: «la del cosmos, las personas, los dioses, las cosas». Por ejemplo, la ninfa Dafne, convertida en laurel cuando huía de Apolo.

El objetivo de Ovidio –explica el autor– era crear una obra que «desafiara el paso del tiempo», y lo consigue con su capacidad de evocación y la belleza de sus historias y sus personajes. Una obra que celebrara la «vida que perdura más allá de la muerte». Significativamente, el escritor romano pone en boca de Pitágoras «la filosofía del poema: en el universo entero, creedme, nada perece, sino que cambia y renueva su aspecto».

La metamorfosis fue una de las obras más leídas y más influyentes en la Antigüedad clásica, como subraya el autor. Y su huella cultural se dejó sentir en el Occidente medieval, renacentista y barroco, periodos en los que era muy apreciada la mitología grecorromana, incluso en la arquitectura y pintura religiosa (aparentemente tan alejada de esa temática), pues servía de metáfora para comprender la fragilidad de la naturaleza humana.

FUENTE: Nueva Revista

 

 

 

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