“La aurora y el viento” de Marcelo García. Valparaíso, 2020

[Imagen de la presentación del libro: Remedios Sánchez, Marcelo García e Inmaculada López]

Marcelo García  09/07/2021

El pasado 23 de Junio de 2021, acompañado por Remedios Sánchez, doctora en Filología Hispánica y profesora titular de Didáctica de la Lengua y la Literatura de la Universidad de Granada, e Inmaculada López Calahorro, doctora en Lenguas Clásicas y Subdelegada del Gobierno en Granada, presenté mi libro de poemas La aurora y el viento en la librería Picasso.

Aunque La aurora y el viento no es un libro de poemas exclusivamente basado en los antiguos mitos, sin embargo, sí que más de la mitad de los poemas tratan temas relacionados con el mundo mítico, y que el propio título apunta tanto a la referencia literal como a la simbólica y mítica.

La aurora es el momento en que regresa la luz y comienza un nuevo día. Un momento de transición que reúne rasgos de la noche que termina y del día que comienza. Luces y sombras. Pero también es la imagen de la diosa Eos que engendra a los vientos. El viento se vuelve elemento que vivifica e impulsa, mientras la nueva luz empieza a alumbrar algunas zonas del entendimiento.

Los versos de Góngora “Los reinos de la Aurora al fin besaste” al comienzo del libro también marcan una constante del libro: el proceso de búsqueda, discontinuo, azaroso, a veces fallido, de un espacio idealizado asociado con una meta espiritual y de realización plena del amor.

Es una búsqueda y persecución de conocimiento, belleza y verdad que transforma al perseguidor.

Historias, personajes y épocas son muy diferentes, pero unas y otros son parte de esa búsqueda. En el segundo poema Sapere Aude se hace mención fugaz a Proteo, el “Viejo del mar” que se nombra en la Odisea, hijo de Poseidón, que tenía poderes oraculares, proféticos. Podía predecir el futuro, pero era un ser escurridizo. Tenía la habilidad, cuando era perseguido, de cambiar de forma (podía ser un viejo, pero también podía ser un delfín, un león, una serpiente, etc). Sin embargo, si era finalmente capturado, estaba obligado a contestar sobre lo que se le preguntase. 

En el libro, que comienza con una especie de persecución y termina con otra, cada poema representa vagamente una transformación proteica, donde los personajes cambian de piel, de escenario y de tiempo: unas veces son humanos, otras demiurgos o dioses, otras héroes o personajes míticos o legendarios, otras la sombra del propio autor, y en algún caso, como en el último poema, pertenecen al reino animal.

Todo comienza en el primer poema con un hombre primitivo persiguiendo y adquiriendo el don de la palabra, con un amanecer como escenario, y termina en el último poema con otra persecución, a la luz de otro amanecer, persiguiendo el don de la belleza.

La palabra, la expresión verbal, que fascinó al primer hombre en el momento de su descubrimiento, al principio del tiempo, ahora se ha convertido en la imagen de un ser libre y grácil que parece una flor con alas y antenas, en un escenario natural intemporal.

Lo que hay en medio es un proceso en el que los seres se descubren a sí mismos, o descubren aspectos de sí mismos que estaban velados por el misterio; seres que se debaten en los límites de una humana desesperación; seres en el plano mitológico que salen de sí mismos para encontrar su razón de ser mediante el sacrificio, movidos por el amor y la compasión; seres que experimentan un viaje iniciático hacia su propio centro, donde hay un santuario en el que se reconocen; seres que viven encuentros prodigiosos que los transforman; seres que gracias a esos encuentros y a la experiencia amorosa viven una suerte de liberación; seres, en fin, que invocan y se dejan llevar por las fuerzas de la luz que la aurora simboliza.

No queda al final la idea de que algo se haya resuelto. No consta que se haya conseguido atrapar al esquivo Proteo para que nos revele las grandes verdades o los misterios del futuro. Si acaso, al final solo queda la sensación de asombro y celebración de lo bello en el seno de la naturaleza.

Como he dicho, más de la mitad de los poemas tratan temas mitológicos, fantásticos o relacionados con el mundo místico de las culturas griega, egipcia, musulmana o judeo-cristiana. Nuestra civilización tiene como referentes y señas de identidad a esas culturas, principalmente la greco-latina y judeo-cristiana. Los mitos no ofrecen una verdad histórica, ni lo pretenden ni lo pretendían en el momento en el que fueron creados, sino que proporcionan una verdad psicológica con la cual se han identificado muchas generaciones a lo largo del tiempo, por no mencionar la fuente inagotable de inspiración para artistas y autores de todos los órdenes.

En ese sentido yo soy un pequeño eslabón más en esa cadena de autores que han hecho suyos los mitos y han querido celebrar su esplendor con su propia aportación.

En todas las historias míticas, de una forma u otra, he querido celebrar la vigencia del legado del que somos herederos. Del greco-latino, por ejemplo, he recuperado mitos como Aquiles y Pentesilea, Príamo y Héctor, la Muerte de Aquiles, Ariadna, o figuras casi míticas como Safo, entre otros. 

Son algunos ejemplos de ese legado cultural. Cultura viene de cultivo/cultivar. Es decir: lo que fue sembrado por otros antes de que nosotros llegáramos. Y para evitar que se convierta en una tierra baldía, quizá tenemos que ser un poco jardineros que lo cuidan y lo mantienen tan vivo como cuando fue plantado.

EXTRACTOS DE RESEÑAS SOBRE LA AURORA Y EL VIENTO:

«Cada jornada es una experiencia renovada. De la mano de la reconocida editorial Valparaíso ve la luz La aurora y el viento, el segundo poemario de Marcelo García, caracterizado por un rotundo influjo clásico cargado de símbolos y metáforas que evidencian el conocimiento reflexivo de su autor de la tradición entendida desde una perspectiva plural.»

Remedios Sánchez, Culturas, Diario Ideal de Granada, 6 de marzo de 2021.

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«Épica Contemporánea. Marcelo García nos inmerge, con su particular palabra, germinal y poderosa, en los orígenes de la experiencia poética para crear un corpus orgánico que incorpora elementos orientales y episodios evangélicos al imprescindible universo mítico, plagado de dioses y héroes… »

Manuel Gahete, Cuadernos del Sur, Diario Córdoba, 24 de abril de 2021.

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«La poesía de Marcelo García fluye fresca, con múltiples ecos que pueden ir desde Góngora a los propios poetas neohelénicos. La manera de volver a los mitos se vivifica con unas imágenes poéticas que dan la impresión de acabar de nacer.»

Francisco García Jurado, blog Hypotheses – Reinventar la Antigüedad, 29 de abril de 2021.

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«El poeta nos había anticipado al principio del libro lo rutilante de la noche y los laberintos como espacio cósmico en su mente, pero en el proceso del libro nos va despejando el espacio estelar, a través de un proceso de duelos heroicos, pesadumbres milenarias, o inagotables encuentros entre diosas y mortales, conectados en la mente del poeta.»

Inmaculada López Calahorro, Presentación de La aurora y el viento, 23 de junio de 2021.

 

POEMA: Príamo y Héctor

 

Atravieso el campamento aqueo por las zonas más oscuras.

El rumor incesante de las olas apaga el sonido de mis pasos.

Los tablones de las naves resplandecen bajo la luz de las antorchas.

Con el manto negro que me envuelve soy como una sombra 

que cruza los senderos sombríos de la tierra de los muertos.

Envuelto en sombras, esta noche mis ojos son la noche.

 

Camino invisible entre el olor a carne asada en las hogueras.

Saciados de raciones y de vino, los guerreros dormitan sueños agitados.

El olor de la sangre en el filo de sus armas impide sueños apacibles.

Mañana morirán. O vivirán para ver otra noche junto al fuego este vacío.

 

Avanzo encorvado por el peso de los años, de los múltiples embates, 

de las pesadas cargas del reino floreciente y próspero, cuyo esplendor

es observado desde lejos por vecinos codiciosos; por el peso del dolor 

de ver morir al pie de las murallas a mi hijo en el combate, masacrado,

torturado su cadáver por la cólera enemiga. Héctor, Héctor. 

Orgullo de mis ojos, hombre perfecto, prudente, equilibrado, 

temible en la batalla, la esperanza esplendorosa del futuro de mi reino.

 

Esta tierra sagrada, mancillada con la sangre y los despojos

ya no verá otro igual conduciendo los asuntos de este reino.

Ante la entrada de la tienda regia de Aquiles, tu asesino, 

siento tu presencia. Es tu sangre aún fresca que me llama: 

Padre, perdóname. 

Mi derrota es la derrota de la tierra. 

Esta herida ya no se cerrará.

 

Tal vez tengas razón y todo se ha perdido.

Pero esta noche solo soy tu padre y quiero regresarte.

No volveré sin ti. Aunque tu vida me arrancaron, 

no abandonaré tus queridos restos en manos enemigas.

 

Tal vez el tiempo de la patria está escrito como el de los hombres,

y después de crecer y prosperar ya solo espera su ruina.

Tiempo sosegado y lento para que la flor se abra y exhale su perfume,

y es su misma quintaesencia de fragancia y color, que roba los sentidos,

la que atrae el desastre, convocando a las langostas que devastan

su belleza, su perfume y sus colores en apenas un instante.

 

Tú no solo eras un hombre, eras mi fortaleza infranqueable,

mi escudo, mi acantilado donde las olas se estrellaban,

tu solo nombre llevaba la tribulación a las filas enemigas.

Y ahora yaces como una torre derribada, 

secuestrado tu cadáver y privado de los ritos funerarios.

 

Sí, tal vez el tiempo se ha cumplido, 

y tu caída es la caída de un imperio.

Pero esta noche oscura, henchida de sombríos presagios

como el vientre de un buitre saciado de carroña,

solo soy un padre que en la devastación 

busca a su hijo perdido en los escombros.