Olimpíadas

El chándal y el olivo

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Juan Antonio González Iglesias www.elpais.com 3/08/2016

Píndaro enunció que la gloria olímpica perdura más allá de la muerte.

En el mundo antiguo los poetas y los escultores modulan la presencia social de lo divino. Por eso están en el corazón del certamen olímpico. Los atletas victoriosos ceñían sus sienes con una corona de olivo, cortada con una hoz de oro por un joven elegido. Después venían los honores a largo plazo: una estatua o un poema. Aunque ya no estamos en una época literaria, nuestra percepción del olimpismo sigue siendo estatuaria y poética. Queremos seguir teniendo los cuerpos proporcionados de los mármoles helénicos. Y, sin haber leído a Píndaro, anhelamos que se cumpla la promesa de sus odas triunfales. Él fue quien enunció (como los matemáticos enuncian un axioma) que la gloria olímpica perdura más allá de la muerte. En el siglo VI a. C. este poeta tebano representa ideales a la vez arcaicos y aristocráticos, dos líneas fuertes que permanecen agazapadas en el misterio del deporte olímpico, porque las innovaciones sociales y tecnológicas se desvanecen cuando llega el momento de la verdad. Aunque sucede en público, la gloria olímpica sigue siendo un secreto.

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