Religión

Las religiones mistéricas y el cristianismo

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Miguel Ángel Cerdán 8/07/2018 www.elmundo.es

En su magnífico libro 'La Edad de la Penumbra; cómo el Cristianismo destruyó el mundo clásico', Catherine Nixey nos recuerda cómo, merced al Cristianismo triunfante, sólo un uno por ciento de la literatura latina sobrevivió a los siglos, cómo el noventa y nueve por ciento se perdió y cómo se destruyó la mayor Biblioteca del Mundo, con 700.000 volúmenes.

Tal vez si el furor destructivo no hubiese sido tan acusado, si la losa interesada del olvido no hubiese sido tan pesada, se entenderían plenamente las relaciones entre las religiones mistéricas y el Cristianismo, y lo poco original de esta última doctrina.

La edad de la penumbra: cómo el cristianismo destruyó el mundo clásico

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Daniel Arjona www.elconfidencial.com 26/04/2018

Después del encarnizado debate abierto tras su publicación en inglés llega a España el demoledor ensayo en que Catherine Nixey describe el fin de una era en la hoguera del fanatismo.

Arrasado el jardín, entraron los barbudos en el templo de Palmira y quebraron de un golpe la impresionante estatua, la decapitaron y desmembraron, acaso temerosos de que las piedras encubrieran blasfemias contra su dios. ¿Soldados del Estado Islámico en 2012? No: soldados de Cristo en 385 d.C. "Parece que solo entonces esos hombres -esos cristianos- sintieron, satisfechos, que habían hecho su trabajo. Volvieron a fundirse una vez más con el desierto. Tras ellos el templo quedó en silencio. Las lámparas votivas, desatendidas, se apagaron. En el suelo, la cabeza de Atenea empezó a cubrirse lentamente con la arena del desierto sirio. Había empezado el 'triunfo' de la cristiandad". Así comienza 'La edad de la penumbra' (Taurus), el demoledor ensayo en que la británica Catherine Nixey describe la extinción de una era en la hoguera del fanatismo y que ahora llega a España después de que su edición inglesa desatara un encarnizado debate.

Las ventajas de tener muchos dioses

Maurizio Bettini www. elpais.com 23/10/2016

Las religiones de la antigüedad no creían en un dios verdadero por encima de los demás, una idea muy últil para el presente.

Resulta raro hojear un libro de un filósofo contemporáneo sin toparse con una cita de Platón, al tiempo que cualquier ensayo, de divulgación incluso, dedicado a la democracia —tema crucial en los últimos años— se inspira a menudo en los textos que describen el sistema de gobierno ateniense. Decimos esto para apoyar una tesis, evidente por lo demás: la cultura antigua no se limita a proporcionar material de trabajo para los estudiosos profesionales del mundo clásico, sino que sigue siendo fuente de inspiración para la producción cultural contemporánea. Este razonamiento, como es lógico, se aplica también a la literatura, al arte, al teatro: pocas piezas son tan representadas hoy día como el Edipo rey de Sófocles, y los modernos montajes de tragedias griegas constituyen muy a menudo auténticas reescrituras. En conclusión, podemos decir que la producción cultural griega y romana sigue proporcionando alimento para la de hoy. Pero ¿y la religión? ¿Tiene hoy también la religión de los antiguos esa misma capacidad y desempeña el mismo papel?

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