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Reflexiones sobre el estreno de la película Troya

por Ernesto Micetich

¡Ay cuan pronto las tinieblas del olvido volvieran a enmantar el glorioso nombre de Troya, sepultando nuevamente el épico fulgor de su trágica grandeza en la indiferencia de esta época pequeña, prisionera de su propia mezquindad ! ... fugit irreparabile tempus... (Virgilio, Geórgicas)

Que triste desolación, que funesto silencio envuelven las ruinas de la que fue la amada patria del generoso Héctor, guerrero indómito de esa tremenda guerra librada en el soplo arcano de los milenios, cuando Asia y Europa se enfrentaron en el bronceo valor de dos valerosos ejércitos combatientes en la sublimidad de un espacio envuelto en las tinieblas del mito, entre dioses y prodigios sobrenaturales

... en cambio del Asia que abandono

tendré el cuarto nupcial de la muerte, Europa.

Oh, como resuenan vivas de intensa pasión estas amargas palabras que en gotas de impotente dolor se disuelven en el mar de los siglos perpetuando la tragedia del "superbum Ilium" (Eneida III) de la "Ilión la gloriosa" según la llamó Poseidón en el acto de abandonar el triste desierto en que la convirtieron los Aqueos (pero con la ayuda de los dioses), sintiendo, como lúgubre último canto de adiós, los gemidos piadosos del sagrado río Escamandro, adolorido por el destino de humillación que aguarda a las mujeres troyanas, ahora que el belicoso sudor de los guerreros de Troya se volvió ceniza. Remotos debían de parecer entonces al vengativo Enosigeo, mientras que contemplaba las fumigantes reliquias envueltas en sepulcral silencio, los tiempos en los cuales las flautas líbicas y las melodías frigias hablaban al cielo la felicidad de la prospera ciudad de Príamo protegida por la alta muralla que él mismo edificó y las pupilas de Hécuba eran mares de infinito amor materno en donde navegaban  sonrientes los rostros  de sus hijos. 

¡Pobre Hécuba! Cuanto dolor en la arena de la derrota martirizó su veneranda figura que resurge de la obra de Eurípides con palabras envueltas en el manto irisado de una  hierática  sabiduría: "pero si un dios nos hubiera arrullado en el vendaval, volteando lo bajo y lo alto de la tierra nosotros, desaparecidos en la tierra, no hubiéramos podido nunca ser celebrados por los poetas, ser cantados por los hombres del futuro". Palabras sublimes que tienden las manos del dolor a la esperanza de un rescate entre las venideras generaciones humanas, entregando la gloria del nombre de la Patria a los sacerdotes que inebriarán sus almas en las aguas divinas de la fuente de Aganippe: el “non omnis moriar” que el “cisne venosino”  (Horacio  -Monti La Bellezza dell’Universo-) escribirá muchos siglos después, ( y además que en el mismo Monti y otros, este verso brotará en la irisada elegancia del poeta Manuel Gutiérrez Nájera: "¡No moriré del todo, amiga mía

de mi ondulante espíritu disperso,

algo en la urna diáfana del verso,

piadosa guardará la poesía")

parece resonar de los adoloridos labios de Hécuba aún incontaminados de la horrible metamorfosis, porque el corazón de Troya seguirá palpitando en las palabras de los poetas de la posteridad que la reina frigia sabe, con profético intuito, cumplirán  la sagrada misión de perpetuar en la eternidad el recuerdo de su alta desgracia. Y palabras similares brotan, como eco que resuena flotando tristemente entre los valles del dolor, de la desventurada voz de la princesa considerada loca por la malignidad vengativa de Apolo, la cándida Casandra

"deja que te demuestre como  nuestra ciudad  sea más afortunada de los Aqueos. (...) Los Troyanos, en cambio, conocieron la gloria más alta: morir por la patria. Los cuerpos de los guerreros caídos fueron trasportados en sus hogares por brazos amigos, tuvieron sepultura en la tierra nativa: (...) Consideras doloroso el destino de Héctor? No, no lo es, escúchame. Murió con fama de héroe y se la acarreó la llegada de los Aqueos: de quedar en Grecia, su valor no se hubiera manifestado. París desposó la hija de Zeus: de no haberlo hecho, sus nupcias hubieran pasado bajo silencio..."

¡Oh sagrado fuego del alta Troya! Como luce el áureo valor de estas nobles almas que hasta en el polvo de la derrota mantienen inmaculada la majestuosa solemnidad de tu nombre preclaro! Gracias Eurípides...

Y en nuestro días, ¿hay todavía nobles corazones que sepan edificar en los íntimos vergeles de sus almas un resplandeciente templo de reverente conmoción por el

"juicio de Troya, fijo por siempre en ritmos, / en los milenios famoso y espantoso" (Goethe, Fausto),

que puedan vibrar las cuerdas profundas de sus pasiones enmantando el nombre de Troya en la suavidad de una agraciada armonía “ que vence de mil siglos el silencio”1?

Hace mucho tiempo deprecaba la insensibilidad de nuestra época hacia los grandes argumentos del pasado2 e imaginaba lo que significaría entrar en un cine e inebriar el espíritu en la ebúrnea contemplación de venerables hitos emergidos a la inmensidad de la pantalla desde la marmórea magnificencia de la gloria milenaria. Hoy en día, con los medios tecnológicos a disposición de la creatividad, ¿qué falta para que  este deseo, este anhelo no quede como una frustración sino que se convierta en un hecho realizable? Esto me preguntaba observando desconsolado el triste espectáculo de una muchedumbre-rebaño conducida en los pastos cinematográficos por las sirenas de los efectos especiales para que coronara la pequeñez de películas insignificantes con la ciega gravedad de su número. ¡Y pensar que el cine podría ser un instrumento muy importante para educar esta somnolienta humanidad! Salían de mi memoria las murallas de “La Ciudad del sol de Campanela”3 y me figuraba la pantalla cinematográfica como una versión moderna de ese noble intento de elevar a la masa (término que utilizo con conciencia, haciendo referencia a Ortega y Gasset), constatando, en vez, como en los jardines de la “séptima arte” la palabra “cultura” arrastra su miserable existencia entre obras pequeñas que ocultan la mediocridad de sus weltanschauung con el embriagante fasto exterior de costosísimos recursos tecnológicos, incapaces de suscitar los sublimes aflatos y altos sentimientos que probarían almas generosas abismadas en el piélago supremo de nuestra memoria colectiva, de nuestro pasado ancestral.

Nada de extraordinario, por lo tanto, si en esta época, abismada en la viscosidad de los sueños sin ensueños de la mediocridad, el nombre altero de Troya, resucitado del prieto regazo de Clío en lugar de causar íntima conmoción e inquietud intelectual, haya sido, en cambio, embadurnado por el fango profanador del ruido farandulero... ¡más interesado en el tono muscular de Brad Pitt! "... Porque de los Dioses es dono / guardar en las miserias altero nombre..."4  y hoy en día, los dioses, relegados en el Limbo en donde los echó el sagrado fulgor de la Cruz romana, ya no pueden proteger con su olímpica majestuosidad las santas reliquias de “la maravillosa Helas antigua “ (Panzini); ya no hay una égida divina que las defienda de las garras sacrílegas de los profanos...

"... me dijeron después que esas voces de sufrimiento y de muerte venían de una especie de lupanar filarmónico, ubicado al frente de nuestra casa. Era una fétida pocilga que se adornaba con un nombre  ilustre: “las Panateneas”..." (A. Savinio, La tragedia de la infancia)...

¿ y no sería lícito, leyendo estas palabras, pensar hoy en día en esa película tan mal hecha que me hace añorar la sabiduría de los tebanos que tenían una ley que ordenaba a sus artistas la reproducción del bello y prohibía lo feo?

Yo entiendo que el amor propio5 pueda lamentablemente impedir la observancia  escrupulosa