Que
triste
desolación,
que
funesto
silencio
envuelven
las
ruinas
de
la
que
fue
la
amada
patria
del
generoso
Héctor,
guerrero
indómito
de
esa
tremenda
guerra
librada
en
el
soplo
arcano
de
los
milenios,
cuando
Asia
y
Europa
se
enfrentaron
en
el
bronceo
valor
de
dos
valerosos
ejércitos
combatientes
en
la
sublimidad
de
un
espacio
envuelto
en
las
tinieblas
del
mito,
entre
dioses
y
prodigios
sobrenaturales
...
en
cambio
del
Asia
que
abandono
tendré
el
cuarto
nupcial
de
la
muerte,
Europa.
Oh,
como
resuenan
vivas
de
intensa
pasión
estas
amargas
palabras
que
en
gotas
de
impotente
dolor
se
disuelven
en
el
mar
de
los
siglos
perpetuando
la
tragedia
del
"superbum
Ilium"
(Eneida
III) de
la
"Ilión
la
gloriosa"
según
la
llamó
Poseidón
en
el
acto
de
abandonar
el
triste
desierto
en
que
la
convirtieron
los
Aqueos
(pero
con
la
ayuda
de
los
dioses),
sintiendo,
como
lúgubre
último
canto
de
adiós,
los
gemidos
piadosos
del
sagrado
río Escamandro,
adolorido
por
el
destino
de
humillación
que
aguarda
a
las
mujeres
troyanas,
ahora
que
el
belicoso
sudor
de
los
guerreros
de
Troya
se
volvió
ceniza.
Remotos
debían
de
parecer
entonces
al
vengativo
Enosigeo,
mientras
que
contemplaba
las
fumigantes
reliquias
envueltas
en
sepulcral
silencio,
los
tiempos
en
los
cuales
las
flautas
líbicas
y
las
melodías
frigias
hablaban
al
cielo
la
felicidad
de
la
prospera
ciudad
de
Príamo
protegida
por
la
alta
muralla
que
él
mismo
edificó
y
las
pupilas
de
Hécuba
eran
mares
de
infinito
amor
materno
en
donde
navegaban
sonrientes
los
rostros
de
sus
hijos.
¡Pobre
Hécuba!
Cuanto
dolor
en
la
arena
de
la
derrota
martirizó
su
veneranda
figura
que
resurge
de
la
obra
de
Eurípides
con
palabras
envueltas
en
el
manto
irisado
de
una
hierática
sabiduría:
"pero
si
un
dios
nos
hubiera
arrullado
en
el
vendaval,
volteando
lo
bajo
y lo
alto
de
la
tierra
nosotros,
desaparecidos
en
la
tierra,
no
hubiéramos
podido
nunca
ser
celebrados
por
los
poetas,
ser
cantados
por
los
hombres
del
futuro".
Palabras
sublimes
que
tienden
las
manos
del
dolor
a la
esperanza
de
un
rescate
entre
las
venideras
generaciones
humanas,
entregando
la
gloria
del
nombre
de
la
Patria
a
los
sacerdotes
que
inebriarán
sus
almas
en
las
aguas
divinas
de
la
fuente
de Aganippe:
el
“non
omnis
moriar”
que
el
“cisne
venosino”
(Horacio
-Monti
La
Bellezza
dell’Universo-)
escribirá
muchos
siglos
después,
( y
además
que
en
el
mismo
Monti
y
otros,
este
verso
brotará
en
la
irisada
elegancia
del
poeta
Manuel
Gutiérrez
Nájera:
"¡No
moriré
del
todo,
amiga
mía
de
mi
ondulante
espíritu
disperso,
algo
en
la
urna diáfana
del
verso,
piadosa
guardará
la
poesía")
parece
resonar
de
los
adoloridos
labios
de
Hécuba
aún
incontaminados
de
la
horrible
metamorfosis,
porque
el
corazón
de
Troya
seguirá
palpitando
en
las
palabras
de
los
poetas
de
la
posteridad
que
la
reina
frigia
sabe,
con
profético
intuito,
cumplirán
la
sagrada
misión
de
perpetuar
en
la
eternidad
el
recuerdo
de
su
alta
desgracia.
Y
palabras
similares
brotan,
como
eco
que
resuena
flotando
tristemente
entre
los
valles
del
dolor,
de
la
desventurada
voz
de
la
princesa
considerada
loca
por
la
malignidad
vengativa
de
Apolo,
la
cándida Casandra
"deja
que
te
demuestre
como
nuestra
ciudad
sea
más
afortunada
de
los
Aqueos.
(...)
Los
Troyanos,
en
cambio,
conocieron
la
gloria
más
alta:
morir
por
la
patria.
Los
cuerpos
de
los
guerreros
caídos
fueron
trasportados
en
sus
hogares
por
brazos
amigos,
tuvieron
sepultura
en
la
tierra
nativa:
(...)
Consideras
doloroso
el
destino
de
Héctor?
No,
no
lo
es,
escúchame.
Murió
con
fama
de
héroe
y se
la
acarreó
la
llegada
de
los
Aqueos:
de
quedar
en
Grecia,
su
valor
no
se
hubiera
manifestado.
París
desposó
la
hija
de
Zeus:
de
no
haberlo
hecho,
sus
nupcias
hubieran
pasado
bajo
silencio..."
¡Oh
sagrado
fuego
del
alta
Troya!
Como
luce
el
áureo
valor
de
estas
nobles
almas
que
hasta
en
el
polvo
de
la
derrota
mantienen
inmaculada
la
majestuosa
solemnidad
de
tu
nombre
preclaro!
Gracias
Eurípides...
Y en
nuestro
días,
¿hay
todavía
nobles
corazones
que
sepan
edificar
en
los
íntimos
vergeles
de
sus
almas
un
resplandeciente
templo
de
reverente
conmoción
por
el
"juicio
de
Troya,
fijo
por
siempre
en
ritmos,
/ en
los
milenios
famoso
y
espantoso"
(Goethe,
Fausto),
que
puedan
vibrar
las
cuerdas
profundas
de
sus
pasiones
enmantando
el
nombre
de
Troya
en
la
suavidad
de
una
agraciada
armonía
“
que
vence
de
mil
siglos
el
silencio”?
Hace
mucho
tiempo
deprecaba
la
insensibilidad
de
nuestra
época
hacia
los
grandes
argumentos
del
pasado
e
imaginaba
lo
que
significaría
entrar
en
un
cine
e
inebriar
el
espíritu
en
la
ebúrnea
contemplación
de
venerables
hitos
emergidos
a la
inmensidad
de
la
pantalla
desde
la
marmórea
magnificencia
de
la
gloria
milenaria.
Hoy
en
día,
con
los
medios
tecnológicos
a
disposición
de
la
creatividad,
¿qué
falta
para
que
este
deseo,
este
anhelo
no
quede
como
una
frustración
sino
que
se
convierta
en
un
hecho
realizable?
Esto
me
preguntaba
observando
desconsolado
el
triste
espectáculo
de
una
muchedumbre-rebaño
conducida
en
los
pastos
cinematográficos
por
las
sirenas
de
los
efectos
especiales
para
que
coronara
la
pequeñez
de
películas
insignificantes
con
la
ciega
gravedad
de
su
número.
¡Y
pensar
que
el
cine
podría
ser
un
instrumento
muy
importante
para
educar
esta
somnolienta
humanidad!
Salían
de
mi
memoria
las
murallas
de
“La
Ciudad
del
sol
de
Campanela”
y me
figuraba
la
pantalla
cinematográfica
como
una
versión
moderna
de
ese
noble
intento
de
elevar
a la
masa
(término
que
utilizo
con
conciencia,
haciendo
referencia
a
Ortega
y Gasset),
constatando,
en
vez,
como
en
los
jardines
de
la
“séptima
arte”
la
palabra
“cultura”
arrastra
su
miserable
existencia
entre
obras
pequeñas
que
ocultan
la
mediocridad
de
sus
weltanschauung
con
el
embriagante
fasto
exterior
de
costosísimos
recursos
tecnológicos,
incapaces
de
suscitar
los
sublimes
aflatos
y
altos
sentimientos
que
probarían
almas
generosas
abismadas
en
el
piélago
supremo
de
nuestra
memoria
colectiva,
de
nuestro
pasado
ancestral.
Nada
de
extraordinario,
por
lo
tanto,
si
en
esta
época,
abismada
en
la
viscosidad
de
los
sueños
sin
ensueños
de
la
mediocridad,
el
nombre
altero
de
Troya,
resucitado
del
prieto
regazo
de
Clío
en
lugar
de
causar
íntima
conmoción
e
inquietud
intelectual,
haya
sido,
en
cambio,
embadurnado
por
el
fango
profanador
del
ruido
farandulero...
¡más
interesado
en
el
tono
muscular
de
Brad
Pitt!
"...
Porque
de
los
Dioses
es
dono
/
guardar
en
las
miserias
altero
nombre..."
y
hoy
en
día,
los
dioses,
relegados
en
el
Limbo
en
donde
los
echó
el
sagrado
fulgor
de
la
Cruz
romana,
ya
no
pueden
proteger
con
su
olímpica
majestuosidad
las
santas
reliquias
de
“la
maravillosa
Helas
antigua
“ (Panzini);
ya
no
hay
una
égida
divina
que
las
defienda
de
las
garras
sacrílegas
de
los
profanos...
"...
me
dijeron
después
que
esas
voces
de
sufrimiento
y de
muerte
venían
de
una
especie
de
lupanar
filarmónico,
ubicado
al
frente
de
nuestra
casa.
Era
una
fétida
pocilga
que
se
adornaba
con
un
nombre
ilustre:
“las
Panateneas”..."
(A. Savinio,
La
tragedia
de
la
infancia)...
¿ y
no
sería
lícito,
leyendo
estas
palabras,
pensar
hoy
en
día
en
esa
película
tan
mal
hecha
que
me
hace
añorar
la
sabiduría
de
los
tebanos
que
tenían
una
ley
que
ordenaba
a
sus
artistas
la
reproducción
del
bello
y
prohibía
lo
feo?
Yo
entiendo
que
el
amor
propio
pueda
lamentablemente
impedir
la
observancia
escrupulosa