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16/12/03

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Pues sí que estaban locos estos romanos...  sus costumbres más curiosas
No es una frase hecha. En el Imperio sí tenían algunas manías más que peculiares. ¡Hasta hacían la mili!

Los romanos tenían su servicio militar, aunque no fuera obligatorio (muchos preferían hacerlo porque era menos duro que trabajar en el campo). Su preparación nos recuerda a los marines de hoy en día. Debían llevar un escudo dos veces más pesado de lo normal y una espada que pesaba el doble. Tenían que luchar contra un poste como si éste fuera un enemigo y ejercitaban la marcha. La vida en un campamento romano tampoco era nada fácil. Los reclutas tenían que aprender a construirlo, ya que en tiempo de guerra era el único lugar en el que podían estar seguros. Éstos siempre eran iguales, así que cada soldado sabía de antemano cuál era su posición. Incluso no dudaban a la hora de establecer las tareas. Se ha encontrado un horario de un campamento del 87 d.C. en el que se especifica la hora de barrer, limpiar o lavar la ropa.
Sí está demostrado que todos los soldados sentían una gran devoción por César, un ser tan ambicioso que no dudaba en ponerse a llorar porque a su edad Alejandro Magno ya poseía un gran imperio. Ni cuando él mismo lo tuvo, la ambición le dejó vivir en paz, señala Plutarco. Es cierto que su legión preferida, tal y como aparece en el cómic, era la décima, y que los romanos, acostumbrados a planificar al detalle sus ataques y modos de vida, sentían especial terror a las emboscadas con las que les acechaban los galos y los hispanos. Tanto es así que muchos jóvenes romanos presentaban pretextos que entraban en el terreno del tabú, para no tener que luchar contra ellos. Aunque más fobia que luchar contra ellos les daba bailar.


Su jornada laboral
No importa si era rico o no. Un romano jamás podía levantarse tarde. Y con más razón si se trataba de un patrón, destinados a prestar ayuda al resto de ciudadanos y a recibirlos en su domicilio incluso antes de que hubiera amanecido. Un ritual que, para más sufrimiento, se llevaba a cabo en ayunas y podía prolongarse durante no menos de dos horas, hasta las ocho de la mañana. Lo curioso es que después tampoco había tiempo para comer, puesto que había que continuar ya en el trabajo hasta, por lo menos, las 11.00 de la mañana. Eso sí, si se trataba de un patrón mediocre, porque los prestigiosos no probaban bocado hasta las dos del mediodía. Y eso que una hora antes ya se dejaba de trabajar, pero entonces comenzaba el tiempo dedicado a hacer deporte, tomar un baño, o ambas cosas. Era, pues, al llegar la novena hora cuando llegaba el verdadero relax. Ya se podía comer algo y, además, dejarse caer en divanes repletos de almohadones. Se iniciaba así un periodo de tiempo que podía incluso sobrepasar el de la propia jornada laboral.


Julio César odiaba ser calvo
“Se hacía depilar y estaba apenado a causa de su calvicie porque provocaba bromas entre sus detractores”, así define Suetonio a Julio César del que también dice que “se peinaba hacia delante sus escasos cabellos y entre todos los honores que le habían concedido el que prefería era lucir una corona de laurel”. Era alto, blanco y con los ojos negros y vivos. Su nariz no era tan aguileña como en el cómic.


OT nació en Roma
Con voz firme y pulmones bien entrenados. En la Roma de César las audiciones eran una constante, sin importar si se trataba de personajes famosos o no. Bastaba con querer dar a conocer las capacidades artísticas en el foro. Ni siquiera falta un ritual: hay que ir bien peinado y ataviado con una toga blanca. Y la garganta se aclara con un vibratio.


Los ricos, chalecito en la ciudad
De planta baja, con vistas a una de las principales calles y situada entre tiendas. Era el lugar idóneo para las clases adineradas, que llegaron a poseer casi 2.000 casas de este tipo en la Antigüedad. Pero más que por su fachada, poco agraciada, estos palacetes eran admirados en Roma por su disposición interior: espacios abiertos, con gran luminosidad, rodeados de jardines y estanques. El denso tráfico de la ciudad parece quedar más alejado que nunca.


Ya había ambiente nocturno en Roma
Locales de moda, vino a mansalva y, sobre todo, muchas ganas de juerga, pasando de una a otra fiesta durante toda la noche. Es la llamada cultura de los simposios, muy en boga desde la Grecia clásica. El interés de las fiestas no decaía en ningún momento, porque de eso se encargaba un buen anfitrión: flautistas y bailarinas se encargaban de mantener el ambiente mientras se disfrutaba de la comida y la bebida.


Los hijos ‘pasaban’ de sus padres
Hay cosas que nunca cambian. Según los jóvenes romanos, cenar en casa con los padres era una cosa destinada a los ‘chicos buenos’ y a las personas mayores. Cualquier joven romano, como muestran en alguna ocasión los cómic, intenta hacer alguna jugada para no tener que comer en su casa y salir por ahí.


España ya era el país de los atascos, el calor y la juerga
Ya se lo dejaban claro a Astérix en una de las historietas: todo el mundo se dirige a Hispania ¡para disfrutar del sol y de los buenos precios! Una referencia más de lo que es el turismo de masas moderno, y que encuentra uno de sus primeros antecedentes en la migración del pueblo helvético en el año 58 a.C., que buscaba tierras más cálidas. Y tan cálidas, porque las altas temperaturas y la sequía que padecía tradicionalmente la meseta hispánica ha estado a punto de vencer, en más de una ocasión, a los ejércitos extranjeros que se adentraban en ella.
Eso sí, a la hora de mantener un cierto contacto con la población nativa, no hay nada como la hospitalidad de la que hacen gala los hispanos, siempre dispuestos a tratar de la mejor manera posible a los turistas, quienes enseguida tienen conocimiento de la pasión que hay por una buena juerga: carne en abundancia y vino aromatizado para todos.
Aunque también hay otra virtud siempre asignada a los hispanos: el coraje. El aguante de Numancia frente a su intento de ocupación ha dado lugar también a numerosas historias sobre el coraje hispano.


Comida
Ya tenían cartas
Los romanos tenían cartas como en cualquier restaurante de hoy en día. Su comida favorita era el jabalí, que estaba reservado a la elite. Utilizaban laurel para darle sabor.

Lujos
Asia decora su casa

Camas con patas de bronce, telas preciosas para las camas, cortinas para sillas de mano y aparadores son parte de los lujos en las casas de los romanos. Todos ellos venidos de Asia, como el aprecio a los cocineros. Eso sí, el emperador tenía una casa de lo más corriente, salvo Nerón que se hizo hacer un palacio con todo tipo de lujos que incluían un lago y un bosque.


Mala costumbre
Nada de sentarse a la mesa

Los romanos, además, comían tumbados en un diván. No se solían sentar a la mesa, y menos si pertenecían a la nobleza.

Modo de relacionarse
Tener iniciativa, malo
Los romanos no veían bien tener iniciativa si pertenecían a la clase alta.

Su vida privada
Celosos de su intimidad
Los romanos daban muchas fiestas en las que el beber era la gran diversión, aunque no faltaran los músicos y las mujeres. Otra cosa era su casa a la hora de vivir. En muchas ocasiones casi no tenían ventanas porque eran muy celosos de su intimidad. El jardín interior era la joya de las casas.

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