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Festival Sagunt a escena

MEDEA LA EXTRANJERA
Vicente Adelantado Soriano

De un tiempo a esta parte se ha puesto de moda que un mismo personaje en un montaje sea interpretado por dos o tres actores o actrices. Viendo las actuaciones no parece plausible que tal desdoblamiento se deba a la poca capacidad de los intérpretes para los matices o los cambios sino más bien a ideas de adaptadores o directores. El tal desdoblamiento está muy bien para una charla informal de café donde se puede explicar lo que se ha hecho o se pretendía hacer. Sobre el escenario cuanto menos resulta curioso y desconcertante que se recurra a distintas actrices para expresar distintos matices. Ya vimos una Orestiada con dos Clitemnestras. Nos pareció una duplicación innecesaria. Anoche se nos presentó una Medea por cuatruplicado. A este paso dentro de poco veremos en escena a veinte Romeos, por ejemplo y a diez o doce Julietas, dependiendo del elenco de la compañía, de quien subvencione el montaje, o de la genialidad del adaptador.

Ricardo Iniesta, en la charla previa al estreno en Sagunto, explicó que cada una de las cuatro Medeas corresponde a cada uno de los elementos: aire, agua, fuego y tierra. Y que su Medea estaba vista no desde Corinto sino desde la Cólquida. Es decir, no desde el punto de vista de la civilización, sino desde el suyo propio, que parece es el de la barbarie. La idea no es nueva: se trata de pedir ser juzgado por gente de la edad del reo, de aquellos que tienen los mismo presupuestos mentales que el acusado. Cada generación y país tiene sus propios presupuestos, y para juzgarlas Dios se tiene que meter en todas y cada una de ellas.

Todo lo dicho anteriormente queda muy bien para una charla de café, o para un ensayo. Pero un escenario es cosa distinta. Y sobre él, lo mismo que en un ensayo y en toda obra que se precie, todo aquello que no contribuya a potenciar la idea principal, estorba, es adorno, floritura cuando no engaño y fraude.

El mismo director en la charla previa dijo que no le gusta vestir a los héroes clásicos con tejanos. Es una antigua discusión en la que no vamos a entrar. Aunque no está de más decir que no pasaría nada si vistiéramos así a Medea y le diéramos la suficiente fuerza como para no rendirse a la traición de Jasón, a la razón de estado o al choque de civilizaciones en las que el extranjero siempre lleva las de perder. Al fin y al cabo en el montaje de Atalaya se utilizan músicas, imaginamos que más o menos contemporáneas, de Albania, Irán, Nepal... lo cual no deja de ser tan exótico como vestir a Medea con tejanos. Nos parece que esto se llama falta de coherencia.

Reducir, por otra parte, la Cólquide a gritos, lamentos, cánticos que intentan ser ancestrales, y una columnas y redes que se mueven de aquí para allá, no es sino marear la perdiz. Por desgracia predomina el grito y el ejercicio gimnástico sobre la fuerza de las motivaciones de Medea al tiempo que hace de Jasón el gran ausente de la escena. Todos los problemas cruciales se dicen de pasada para dar paso, enseguida, a la música, al movimiento, al lamento y al juego de luces, que de no conocer uno la historia no sabría de dónde proviene, dado que en la escena hay una falta total de coordinación entre la palabra y el movimiento. O mejor dicho, se ha ido la palabra para dar pie al movimiento, al grito convulso y a la exótica música. Con esto calores no conviene hacer pensar mucho al público.

En ningún momento se ha visto, en escena, a la Medea tierra, y a la Medea con el resto de los elementos. Ni siquiera a la Meda aire, que debería ser la Medea del furor, del torbellino que todo lo arrasa. Gritando desde el principio de la obra era lógico que la última parte no tuviera la intensidad que se requería. Se podía haber conseguido llegando al silencio. Pero por el contrario, con un Jasón anulado, con un casco por cierto que parecía un aviador de los años veinte del siglo XX, se echa mano del paroxismo del jueguecito de los actores con redes y mueblaje. De los efectos especiales en fin. Se lo podían haber ahorrado todo. Hubiera bastado con dejar a Medea sola con sus razones. Aunque hubiera sido vestida con tejanos. Por cierto tampoco sabemos qué hace con los pechos al aire, si no era por el calor de la noche, que fue mucho. Medea fue también la gran ausente del montaje de anoche. Sacrificada, como tantas otras y otros, a ideas geniales para charlas de café.

Entre unas cosas y otras en Sagunto vamos de capa caída. Que los dioses inmortales tengan piedad de nosotros.

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