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LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

ALEJANDRÍA

El emplazamiento de esta famosa ciudad fue elegido por ALEJANDRO MAGNO cuando vino a Egipto en el 331 a.C. Alejandro necesitaba un puerto seguro para su abundante flota y eligió un pueblo de pescadores al oeste de la desembocadura del Nilo, donde disponía de un buen fondeadero, un clima sano y agua dulce, así como de canteras de caliza cercanas para abastecer de piedras a las futuras obras. Encargó al arquitecto planificar y construir una ciudad que tenia que ser un centro nuevo de comercio y de civilización.

Alejandro murió antes incluso de que comenzaran los trabajos, pero la ciudad tomó su nombre de él y el cuerpo de Alejandro fue sepultado en ella en una tumba grandiosa. A Alejandro le sucedió en el trono PTOLOMEO, uno de sus generales, cuyos descendientes gobernaron Alejandría y Egipto durante los tres siglos siguientes.

Ya en el siglo I d.C., cuando Egipto se había convertido en provincia del Imperio Romano, Alejandría era probablemente tan grande y espléndida como la misma Roma; era sin duda la ciudad mas grande de la zona oriental del Imperio, con un millón de habitantes quizás. Gran parte de su riqueza y de su importancia se debía a su emplazamiento. La ciudad se erguía en un punto de confluencia de grandes rutas comerciales y se hallaba por ello inmejorablemente situada para el comercio a gran escala.
Mercaderes y hombres de negocios se veían atraídos hacia ella debido a que les ofrecía puertos seguros para sus barcos, grandes almacenes y una enorme cantidad de trabajadores portuarios para la carga y descarga de sus productos, además de un mercado muy concurrido para comprar y vender. 

La diosa Isis, de pie, sujeta una vela hinchada
por el viento delante del faro de Alejandría

A Alejandría llegaban objetos de lujo, como estatuas de bronce de Grecia o vinos de calidad de Italia, materias primas como la madera y el mármol que necesitaban sus artesanos para trabajarlas en sus talleres. Hacia el exterior salía trigo, papiro, objetos de vidrio y muchas otras cosas. La Guía del Mar Rojo, obra escrita por un mercader Alejandrino en el s. I d.C. nos da una cierta idea de la enorme variedad de productos comprados y vendidos en la ciudad: "telas, algodón, pieles, muselina, seda, bronce, cobre, estaño, hierro, oro, plata, hachas, azuelas, vidrio, marfil, conchas de tortuga, cuernos de rinoceronte, vino, aceite de oliva, aceite de sésamo, arroz, mantequilla, miel, trigo, mirra, incienso, canela, perfumes y papiro".

El viajero que venia de Grecia o de Italia llegaba a Alejandría por mar. Lo primero que divisaba al acercarse a la ciudad era el enorme faro que se erguía en una isleta llamada precisamente Pharos y que estaba situada delante del puerto. Este faro era una de las siete maravillas del mundo antiguo. Tenia mas de 122 metros de altura, cobijaba una llama constantemente encendida en lo alto y servía de referencia día y noche a los miles de barcos que arribaban a este puerto cada año.

Alejandría tenia tres puertos. Dos de ellos, el Puerto Grande y el Puerto Occidental estaban a uno y otro lado del espigón de 1.200 m. de longitud que unía la isla de Pharos con el continente. El tercero era un lago extenso que quedaba detrás de la ciudad y que estaba conectado por medio de canales con el río Nilo, y con el Mar Rojo por otro canal mas largo; esta era la ruta que llevaba a la India.

El arquitecto de Alejandro había proyectado la ciudad cuidadosamente, con sus calles en forma cuadriculada, formando ángulos rectos al cruzarse unas con otras como en muchas ciudades americanas modernas. La calle principal, llamada Canopus, tenia una anchura de mas de 30 metros; era mas ancha que cualquier calle de Roma y cuatro veces mas ancha que cualquiera de las calles de Pompeya. Algunas casas tenían varias plantas y muchos edificios públicos estaban construidos en mármol. Lindando con el Puerto Grande estaba el Barrio Real, una zona urbana de mas de 260 hectáreas, donde había palacios, templos, jardines y oficinas gubernamentales. Al Oeste del Barrio Real estaba el Caesareum. El Caesareum era un templo en honor del general romano MARCO ANTONIO terminado de construir por el emperador AUGUSTO que lo convirtió en un santuario dedicado a él mismo. En palabras del escritor judío Filón, el Caesareum era "extraordinariamente alto y amplio; esta lleno de pinturas y de estatuas de gran valor y embellecido todo él con oro y plata; alberga columnatas, bibliotecas, patios y bosquecillos sagrados, y todo ello muy diestramente construido sin escatimar gastos".

Cerca de él se erguían dos obeliscos, pilares de granito altos y delgados, rematados en punta. Fueron traídos de un templo egipcio antiguo y colocados delante del Caesareum por un ingeniero romano el 13 d.C. En el s. XIX uno de ellos fue llevado a Londres y colocado a orillas del Támesis, y el otro se llevó al Central Park de Nueva York. Son conocidos con el nombre de "Agujas de Cleopatra".

Pero Alejandría era algo mas que una ciudad de calles hermosas, mármoles esplendorosos y comercio concurrido; era un centro de enseñanza y de estudio. La universidad, llamada Museum, tenia la biblioteca más grande del mundo antiguo con mas de medio millón de volúmenes en sus estantes. En ella trabajaban sabios profesionales para investigar en un amplio abanico de materias: matemáticas, astronomía, anatomía, geografía, literatura y lenguas. Fue precisamente aquí donde se trazó el primer mapamundi basado en los datos aportados por viajeros; aquí escribió Euclides su famoso libro de Geometría y Aristarco propuso su teoría de que la tierra giraba alrededor del sol.

En Alejandría convivía un rico mosaico de razas: egipcios, judíos, romanos, griegos, africanos e hindúes. Pero de todos ellos los que más poder e influencia tenían eran los griegos. Ellos habían planificado la ciudad y la habían construido; la habían gobernado hasta la llegada de los romanos y continuaban desempeñando una parte importante en el gobierno de la misma con los romanos ya allí; suya era la lengua oficial, poseían grandes riquezas en la ciudad y gozaban de muchos privilegios. Todo ello causaba recelos entre las demás razas y fue uno de los motivos por los que estallaron frecuentemente disturbios y motines.
El gobernador romano (o incluso el propio emperador) tenia que intervenir a menudo e intentar calmar las disputas de la manera más equitativa y pacifica posible. Tras una violenta reyerta en la que estaban por medio los judíos, el emperador CLAUDIO incluyó en una carta dirigida a los Alejandrinos la dura advertencia que sigue:

"Aunque estoy muy enojado con los que fomentaron el conflicto, no voy a indagar a fondo sobre quienes fueron los responsables de la reyerta -debería decir mejor 'guerra'- con los judíos. Pero os voy a decir lo siguiente de una vez para siempre: si no dejáis de pelearos unos con otros, me veré obligado a demostraros lo que puede hacer un emperador, aunque benigno, cuando se le presentan buenos motivos para enfadarse".


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